(Diario de adolescencia) 24 de septiembre de 2015



La necesidad de hacer público lo que escribo cada vez es mayor. Ya no trato de venderme a los lectores, no soy mi producto; ofrezco una obra que está viva y que, por este motivo, crece. Para dar la sensación de que está siempre en expansión, intento publicar (sea en mi blog o publicaciones digitales, da igual) con frecuencia. He hurgado en las carpetas del colegio de cursos anteriores que tengo en mi ordenador, he buscado redacciones que publicar, textos sueltos que juntar... La cosa es dar una forma a esta obra que, a partir de ideas, sugerencias, imágenes, etcétera, crea un cuerpo; es igual que el mío, con sus huesos (lo sólido) y sus músculos (lo movible, lo dudoso). La diferencia es que esta obra, este cuerpo, si sé tratarlo como es debido, quizá viva más años que yo. Lo único que podrá pudrirlo es la falta de memoria de quienes me lean o que yo me rinda, cosa que no entra en mis planes.
He pensado en reunir todo lo que he escrito desde dos mil diez (año en que creé mi primer relato largo, La familia, aunque el primero fue El joc dels déus, por las mismas fechas). Necesito poner un poco de orden a este batiburrillo de historias y reflexiones. Porque no son más que eso; escenas e ideas revueltas.

La Mercè, lo que significa que es festivo en Barcelona. De todos modos, como si fuera un día cualquiera, he salido de Mataró en autobús y a las diez de la mañana me encontraba delante de la Fundació Miró. Hoy era día de puertas abiertas en la mayoría de museos de la ciudad. He visitado la exposición del pintor Borrell y... ¿qué decir? Creo que algún mecanismo de mi comprensión del arte hace tiempo que ha cambiado. Me tomo el arte abstracto en serio, trato de entrar en él como querría entrar en las cabezas de los que piensan de una forma distinta a la mía. Yendo de una sala a otra de la Fundación, parecía lelo; leía el programa de mano de principio a fin y siempre que veía algún soporte escrito cerca de las obras corría hacia él. Todo por entender, todo esfuerzo para alcanzar a los artistas. El caso de Borrell, desde luego, no es el más inquietante; el medio de su arte (el óleo, además de algunos dibujos y una peli) casi siempre cambia, lo que nos permite concentrarnos en la poesía de sus obras. Me parece un artista sincero, alejado de la exaltación poética que otros pintores abstractos ponen en práctica; sus cuadros, en primer lugar, admiten que es imposible abrazar todo a lo que hacen referencia. En uno de estos, dentro del lienzo hay un cuadrado de contorno negro relleno de color azul; las pinceladas marinas se salen de la forma e invaden otras partes del blanco. No veo pesimismo en esa visión del arte; no creo ni que los más sabios pudieran abarcar todo el conocimiento entre sus manos.
Luego he ido a la Fundació Tàpies. Ah, Antoni Tàpies, todo un mundo aparte. El autobús llegará pronto a mi parada; ya está en Plaça de les Tereses, Mataró... de nuevo. Tendremos que hablar de él en otro momento; no me preocupa, sé que me lo encontraré en muchas ocasiones los próximos años.

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