(Diario de adolescencia) 24 de junio de 2017



La verbena de anoche no fue nada del otro mundo. Fui a casa de Paula a celebrarla con algunas amigas de nuestro antiguo colegio. También fueron Maria, otra Maria, otra Paula y Carla. La imaginación de nuestros padres a la hora de poner nombres fue prodigiosa. Comimos en la terraza de Paula, bebimos y todas ellas cantaron, pero yo no me animé a hacerlo porque ni había bebido ni siento devoción por ABBA. Comí demasiada coca de frutas y crema. Demasiada. Hoy, sorprendentemente, no me duele el estómago. Parece que mi cuerpo me haya dado la oportunidad de no pasar un día de mierda por la ingesta imposible de ayer; como si la biología se compadeciera de mí.
Hoy, corrijo la novela y ayudo a mamá a limpiar la casa. Al meter la fregona en el cubo, presiono con tanta fuerza que el escurridor explota y el suelo y mis pantalones quedan salpicados de agua y jabón. Mamá y yo corremos a un súper a comprar un escurridor nuevo y seguimos lavando.

Voy al gimnasio por la tarde y corro en la elíptica durante dos horas. Me pregunto por qué soy el único que huele a sudor aquí. Solo estamos una mujer y yo; ella empieza a cantar mientras entrena en una cinta; no sé si lo que me perturba es que quizá esté loca o que su voz me esté distrayendo mientras intento ver una serie desde el móvil. Había decidido no llamar a nadie loco porque considerar a alguien así es vago y frecuentemente inexacto.

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