(Diario de adolescencia) 24 de junio de 2015



La noche fue bastante aburrida. O sería más acertado decir que la hicimos aburrida. Cuando a las dos de la mañana ya habíamos abierto las bebidas y llevábamos unos cuantos chupitos bebidos, el ánimo general se deshizo.
Las parejas, los enamorados, se refugiaron entre sus brazos. Paula y yo tratamos de dar más vida al asunto encendiendo bengalas y bailando alrededor del círculo de amigos que habíamos hecho en la arena de la playa. Las encendimos en la hoguera de unos vecinos, de veinte o treinta años, que bebían tranquilamente y hablaban en susurros. Me sorprendió la imagen de la pirotecnia esparcida por toda la costa. Soy de aquí, por lo que los petardos siempre han estado en las celebraciones que he vivido, pero, aun así, no deja de sorprenderme la belleza del fuego ―y más cuando entra en contacto con la humedad de la playa. Su ardor con la sal. Nos apetecía bañarnos, pero desistimos porque unos cuantos del grupo rodaban por el suelo y no queríamos llegar a más riesgos.
La brisa que a las dos y media empezó a soplar se me hizo insoportable. Necesitaba un baño en que olvidar los dedos de tequila kiwi, Blueproject con vodka y Malibú que había tomado. También había bebido el culo de un vaso que no era el mío y que sabía a almendras. No hay nada que me canse más que este alcohol. Dos terceras partes de las primeras bebidas de las que he hablado las acabé tirando en la arena. Lo hice disimuladamente, para que nadie me acusara de derrochar esa basura. El Malibú lo bebí entero porque era poca cantidad y, de pequeño, el coco hasta me emocionaba.
A esa hora, los dos solteros del grupo, Ariadna y yo, enfilamos Carrer Sant Joan hacia una parte más alta de la ciudad. En media hora ya estaba en casa. Me eché en la cama y saboreé el saber que el día siguiente lo recordaría todo, podría escribir sobre ello y seguir con mi estilo de vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario