(Diario de adolescencia) 24 de julio de 2016



Esta última semana ha sido un experimento. He hablado con P cada día, aunque con una inconstancia que no es habitual en nosotros o no lo había sido hasta ahora. Dejar de verlo como algo próximo a un ángel, lleno de bondad al mismo tiempo que de atractivo, se me ha hecho imposible. Llevaba días pensando que lo conveniente sería apartarme de él, pero los planes que estábamos haciendo (habíamos empezado a hablar de un viaje a Alemania, juntos, el próximo año; la visita al MACBA que nos había quedado pendiente…) me retenían. Esta mañana, me ha enviado un mensaje diciéndome: «He conocido a unos alemanes en un bar, pero no creas que pienso en hacer perversidades, porque ahora tengo pareja. Pareja no seria.» Ha sido el detonante que necesitaba para que, en dos párrafos más extensos de lo que habría querido que fueran, lo pudiera despachar. Le he dicho que no volveremos a hablar y que, sin guardarle ningún resentimiento, lo único que quiero es recuperarme anímicamente, volver al estado mental en el que me encontraba antes de que apareciera en mi vida. Temo no poder olvidar la fecha de ese veintidós de mayo, pero se hará lo que se pueda.
Sorprendentemente, ni me tiemblan las manos ni me vienen lágrimas a los ojos. He mandado el mensaje con una resolución que cualquiera que me hubiera visto estas últimas semanas, derrotado y miedoso, no se habría creído.
Ahora escribiré un relato.

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