(Diario de adolescencia) 24 de abril de 2017



Jonathan Culler, en «El futuro de las humanidades», dice algo así como que, actualmente, la cultura del estudiante medio proviene más de la tele y el cine que de los libros. Los medios de comunicación de masas lo manipulan y él no tiene cómo defenderse de ellos; se queda quieto como un maniquí. Asegura que una educación crítica que se base en la lectura (revisando los textos canónicos y reclamando interdisciplinariedad) puede ser la solución. Quizá lo pueda ser, pero otra cosa que no es menos cierta es lo que tuiteaba ayer María Yuste: «En el día del libro, recordad: No sois mejores porque os guste leer.» Muy lúcido. Puede que solo encuentre lúcido el tuit de Yuste a momentos, cuando mi estado de ánimo decae.
Ayer subí un vídeo a YouTube y rápidamente empecé a sentir cierto malestar: ¿habré hecho lo correcto? ¿No estaré, simplemente, siguiendo la corriente? Me dividía entre avergonzarme por sentido del ridículo y estar satisfecho con el resultado. A mis casi diecinueve años, me siento más confuso que a los dieciocho, los diecisiete, los dieciséis… Me parece altamente improbable que una vida pueda ordenarse y, sin embargo, veo que la gente actúa con una naturalidad, una indiferencia y un saber estar que son contrarios al caos.
En Sant Jordi, Barcelona olía al aburrimiento de los escritores a los que nadie se acercaba en las firmas de libros. Todos podríamos ser/seremos ellos. Hoy, la ciudad se ha renovado; parece más joven después de un domingo tan festivo.
En la Casa Garriga i Nogués, donde hay la exposición de fotos de Peter Hujar, dos vigilantes hablan en un tono descaradamente algo. Algún visitante se vuelve hacia ellos.
Peter Hujar odiaba que comparasen sus fotos entre ellas. En uno de los textos que acompañan la exposición, se habla de «aversión de Hujar a las disposiciones temáticas o cronológicas». El interés de los artistas por fastidiar a los espectadores siempre ha existido.
Parece que los modelos de Hujar no busquen nada. El fotógrafo llegó y se los encontró tal como aparecen en las imágenes. Todos viven dentro del marco de la fotografía y se podría dudar de que lo sigan haciendo fuera. Intento que la mirada no se me vaya hacia los títulos de las obras; me cuesta mucho evitarlo. A la tercera, lo consigo.
La seriedad ensoñada de William S. Burroughs. Un Tomata du Plenty que recuerda a Egon Schiele. Las pestañas como bosques de Louise Nevelson. ¿Hay languidez en todas las obras? ¿No la hay?
De vuelta a las clases, los pasillos de la universidad huelen a limpieza o a cloro. Sea cual sea el olor, me recuerda a la piscina pública en que me daban clases cuando era un niño. Siempre llegaba allí con el estómago revuelto; no había nada que me incomodase más que nadar en grupo.
A las siete, la terraza del Kino está llena de caras curiosas. Algunos se aburren y otros hablan animadamente. Una mirada cruza el aire. Tres vinos blancos, porque el verano está cerca. El ladrido de un perro parece el graznido de una gaviota y el monopatín de un chico que acaba de tropezar se acerca peligrosamente a mí.

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