(Diario de adolescencia) 22 de junio de 2016



Corrigiendo algunos de mis textos, me doy cuenta de una falta que siempre aparece varias veces: sustituye el pronombre «me» por «se»; por ejemplo, en lugar de decir «me ha caído», digo «se ha caído», como si inconscientemente hubiese querido sacarme responsabilidades de encima. No hay nada más lejos de la realidad; pediría a quien supiese de una sola ocasión en que hubiese descargado las culpas de algún error en otra persona que lo dijese en público. A pesar de esto, las faltas ortográficas o gramaticales como esta de la que hablo me abren una puerta a la sugestión: cuando me equivoco, ¿lo hago intencionadamente? Soy incapaz de saberlo. Me desconozco hasta tal punto que son esta clase de hallazgos los que me permiten explorarme desde un punto de vista más sincero que el del pensamiento. Mi voz interior me engaña, lo sé; me engaña como engaña a los lectores cuando la utilizo como narradora de lo que escribo.

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