(Diario de adolescencia) 22 de enero de 2017



¿Y qué ha sido la vorágine de estos dos últimos meses? Algo sobre lo que escribiré algún día.
Al inicio de la universidad, parece que todo el mundo sienta unas ganas irrefrenables de amar. I tuvo la mala suerte de dar conmigo. Dejé que decidiese el rumbo que tomaba nuestra amistad y que la llevase a una relación para la que no estaba preparado. Sí, me he dejado llevar, como si fuese una marioneta. He actuado como un indiferente ―quiero decir que he sido indiferente a todo― y la consecuencia ha sido que la cosa ha terminado pronto, después de haber pasado por unas turbulencias demasiado innecesarias.
Uno no se puede abrir al amor de esta manera. Se debe ser receloso y lento. Los jóvenes corremos demasiado a amar, a poner nombres y delimitar. Ahora, tengo la necesidad de estar solo.
En los días que siguen al final de un amor, es difícil ver la soledad con buenos ojos. Y, sin embargo, son días en que la gente de mi alrededor prefiere alejarse a acercarse, en que solo puedo encerrarme en mi cuarto. Escuchar À Chloris de Reynaldo Hahn invita a llorar como si esa música tuviese trozos recién cortados de cebolla en su interior.
Discusión con I por WhatsApp. Esta ruptura ha llegado a un punto deplorable. No tengo la suficiente fortaleza para enfrentarme a unos comentarios tan ridículos como un «no te volveré a hablar más» o «a ver si con el próximo te estás más de dos meses». Cuando hemos empezado la discusión, me había metido en el baño y lloraba con tal nervio que creía que tenía los ojos ensangrentados. Pero la cosa ha tomado una trayectoria demasiado torpe. Por más que me niegue a juzgar a I fulminantemente, la imagen que me da de él mismo me hace sentir alivio porque nuestra relación haya terminado. Hoy le había enviado un mensaje porque quería que supiera que, en un futuro, si él estaba dispuesto a ello, querría volver a acercarme a él (me refiero a una amistad, tal vez), pero esta escena, esta guinda del pastel… Si hay algo más vergonzoso que no haber vivido ni un solo amor de adolescencia (como me ha pasado a mí), eso es vivir un amor adolescente a las puertas de la adultez. Qué adultez ni qué mayoría de edad; todo sigue teniendo el mismo temple lamentable que cuando tenía trece años.

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