(Diario de adolescencia) 22 de agosto de 2016



Nueve de la mañana en punto. He dormido ocho horas y aún no me siento completamente rehecho, pero ya es algo que vuelva a estar en casa y esté dispuesto a pasarme los próximos días encerrado. Quiero volver a leer como no lo he hecho durante el viaje, escribir como antes de emprenderlo, comer con sobriedad y hablar aún menos de lo poco que lo he hablado esta última semana.
Viajar ha hecho más fácil el olvido, pero aún sigo teniéndolo en mente. P, que de vez en cuando me envía un mensaje y que trato de ignorar con la mayor educación posible, sigue siendo el tema que más espacio ocupa en mi cabeza. ¿Qué le voy a hacer? Necesito más tiempo, quizá. Lo que más ha cambiado es que, antes del trece de agosto, sentía que debía seguir conversando con él con la esperanza de que me sorprendiera en cualquier momento con la noticia que sus sentimientos hacía mí habían cambiado. Ahora, cada vez que veo que me ha saludado por las redes sociales, frunzo el ceño y suspiro, porque se me hace pesado tener que luchar, además de mis emociones, con su interés por conservar una amistad que ya doy por muerta.

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