(Diario de adolescencia) 21 de junio de 2016



Me he levantado a las siete y media y, a las ocho, ya estaba listo para ponerme a escribir. Dos horas más tarde, a las diez, ya volvía a estar listo para ponerme a escribir. He ido a la cocina y he registrado los armarios: un bol de cereales, tres tostadas con queso y nueces y una con jamón serrano, un bol más pequeño de cereales… No es que después de tanto tiempo escribiendo con flexibilidad haya cogido pánico escénico, pero necesito acostumbrarme a las vacaciones y a la cantidad de horas que me vienen encima. Hace unos días, empecé a escribir Los dieciocho son un mito.

Los días previos a la verbena de San Juan son de una sonoridad bélica: las ciudades de hoy nunca más estarán más cerca de las guerras civiles, acústicamente.

Leer a Pla me da una seguridad como escritor que me cuesta encontrar leyendo a otros. Esto es una bendición para mi ánimo, a la vez que un síntoma de precariedad: ¿nunca encontraré un estilo definitivo? Empiezo a admirar a artistas continuamente, y, al hacerlo, intento aplicar sus métodos de trabajo y su forma de pensar a mi vida. No sé si dejar que su influencia llegue a un grado tan alto de intromisión en lo que hago es una buena señal o no. Mi última obsesión ha sido Miró; quizá se note porque escribo con mayor voluntad de simplicidad que ayer.

Por San Juan, se demuestran los actos reflejos hasta de las personas más discretas: aunque todos pesamos que es una fecha muy inflamable, hay señores que no se resisten a reaccionar al ruido de los petardos; dan saltos, fruncen el ceño o hacen un pequeño grito.

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