(Diario de adolescencia) 21 de julio de 2017



En mi último sueño, me encontraba en una especie de pasillo en que una cola de gente esperaba. Un hombre que se parecía al cantante de Mishima ―era pelirrojo― estaba sentado y tenía encima a otro hombre, mucho más bajito. Mi profesora de bachillerato, Montse, también estaba allí: me decía que me olvidase de conseguir un trabajo en un sitio en que me lo habían ofrecido; era un trabajo que, en cuestión, me convalidarían por su asignatura. Luego, el hombre pelirrojo trataba de levantarse y lo hacía con dificultades; necesitaba apoyarse en algún lado porque no podía andar.
¿Por qué Montse me recomendaría que no buscase trabajo? Aunque no fuese una profesora de ámbito humanístico, siento que le guardo un gran respeto por la cortesía con que trata a todo el mundo y por la llaneza con que se explica. ¿Puede que, en realidad, no tenga ningún interés en conseguir un trabajo? Por más que lo he buscado enviando mi currículum a distintos sitios, en ningún lado me han querido: soy como el niño que pasea solo por el patio de la escuela. En cualquier caso, me será imposible trabajar a partir del curso viniente, cuando empiece la carrera de Filosofía y tenga que compaginarla con la de Filología Catalana. Temo que pasaré siete u ocho años encerrado en la universidad, sin pisar en absoluto el mundo de fuera. Había soñado durante tanto tiempo con llegar a la facultad que, ahora, la experiencia se me está agotando con la rapidez de las cosas que nos suponen un goce: el mundo universitario, a veces, me resulta demasiado desconectado. Mi tendencia natural al hermetismo ya me es suficiente.
Después de días sin escribir en este diario, me siento avergonzado. El martes, me llegó mi móvil nuevo: un iPhone. He cedido. ¿Quedaba alternativa? Quería sacar buenas fotos. Sí, sacar buenas fotos de la nada, del vacío. Toda foto es un montón de color que representa la nada e iPhone no es más que una tentación que no he resistido. Salgo a la calle y veo a tanta gente con el mismo móvil que noto que todos hemos caído en el mismo pozo. Paso horas en las redes sociales, respondiendo mensajes; ni escribo la novela, ni relatos, ni en el diario. La vida social me supone una decepción constante. Debería volver a recluirme con tal de que, la próxima vez que me acerque a las demás personas, hayan olvidado mis taras. Sé que estoy describiendo la realidad muy injustamente pero estos últimos días tengo la cabeza demasiado embotada como para trabar un discurso sincero y harmonioso.
Por la mañana, voy a la última sesión de los cursos de la universidad. El resto de mis vacaciones consistirá en leer en casa y en hacer un par de viajes. Leo con lentitud exasperante, poco.
Dentro de cuatro días, hará un año de esa noche en que me emborraché hasta acabar inconsciente. Cuando mis padres fueron a recogerme, estaba tumbado en un banco repitiendo incesantemente: «Perdón, perdón…» No lo recuerdo en absoluto. ¿De dónde viene este sentimiento de culpabilidad? ¿Por qué soy culpable? Dudo que, de un año a esta parte, haya desaparecido de dentro de mí.

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