(Diario de adolescencia) 21 de febrero de 2016



El viernes hice el último examen del trimestre. Aire. Desde entonces, puedo enorgullecerme de no haber hecho prácticamente nada. La misma noche de viernes iba a cenar con los chicos de los jesuitas, pero Ariadna, de quien era la casa donde íbamos a divertirnos, no me dejó quedarme a dormir y decidí no ir. Vivo con un pie en una margen del río ―Mataró― y con el otro en la otra margen ―Barcelona―. Llevo meses sin comunicarme con los compañeros de Valldemia. Solo sigo en contacto con Laura, quien se fue del colegio marista en cuarto de secundaria, y Maria, a quien veo cada sábado porque voy a la academia de inglés con ella.
No diré que no tenga tiempo para escribir, pero, teniendo en cuenta que lo que a mí me gusta es escribir en grandes cantidades y hasta el agotamiento, prefiero reservarme las ideas para más adelante, para el verano, cuando cuente con tantas horas que pueda dedicarme a lo que más me gusta: crear relatos, novelas y artículos, grabar vídeos de mis familiares hablando, ir solo a exposiciones, leer libros autobiográficos y diarios y libros sobre historia y de ensayo y alguno de filosofía, ir en autobús al bosque de Dosrius y pasear, ver películas de largos silencios y diálogos precisos en el cine, correr con prisas por Barcelona, aburrirme, beber medio litro de agua seguido, leer Cuadernos de cine desde la portada hasta la última página, escuchar a mi padre, hurgar en la despensa en busca de un vinillo negro, hacer un árbol genealógico de mi familia paterna, poner la mesa y llenar los vasos de agua según me caigan mejor o peor los comensales, pedir a mi abuela que repita anécdotas sobre cuando servía en la casa de un tal músico que era el padre de mi actual dentista, participar en concursos literarios con todas las de perder, ordenar papeles en carpetas, embobarme mirando las fotos que hay en la memoria externa o en el disco duro de mi ordenador, buscar en YouTube los nombres de quienes me interesan, teclear mi nombre en Google, barrer las hojas del patio y tomar café por el centro de Mataró.
Precisamente esta mañana he subido con mi padre y mi abuelo a Dosrius. Es domingo y, aunque había planeado dormir ocho horas, el ruido que ha hecho mi hermano al deslizar el pestillo de una puerta me ha despertado antes. Ayer, por la noche, fui con mi padre a ver L'audiència de Peter Morgan. Pere Vàzquez era el director de la obra. La edad del público rondaba los setenta, una impresión que podría demostrar con el mucho rato que tuve que esperar para salir de la platea. La obra en sí, interesante, aunque mi padre opina que había algunos elementos sobrantes. De vuelta a casa, antes de acostarme, le envié un mensaje a Pere diciéndole que una buena dirección teatral se nota en la humanidad de los actores. He leído su respuesta esta mañana. Decía que gracias y que no sabía que había ido.
Ahora son las 9.42 a.m. Escribo estos párrafos subido a un pequeño turón. El frío es considerable y el sol se proyecta en zonas concretas. Por ejemplo, en esta tierra húmeda que, hace seis días, fue azotada por el granizo. Mientras recuerdo que esta tarde he quedado para ir al cine con Maria, planeo coger unas ramas de eucalipto y llevármelas a Mataró. Aunque el perfume que uso ya me sirve para ambientar mi cuarto, un escupitajo de naturaleza no estaría de más.

Los perros que tenemos en Dosrius, Pinxo i Negret, siguen vivitos y coleando. Durante toda la semana están encerrados en el gallinero en que mi abuela antes cuidaba de sus pites (ella, exactamente, las llamaba tites) y los domingos, cuando vamos, tienen ocasión de dar vueltas entre encinas y pinos antes de que los guardemos de nuevo.
Ellos tienen la voluntad de ser libres. Cuando mi abuelo los quiere encerrar ―a eso de las diez y media― suelen huir tanto como pueden de la puerta del gallinero. Él los engatusa poniéndoles comida ―nuestras sobras de carne de la semana― e invitándoles a entrar de nuevo. Una vez ha conseguido que entren en el lugar, pone la balda de la puerta y se despide hasta la siguiente semana. Suelen ladrar unos diez o quince minutos. En coche, abandonamos el bosque con esta musiquilla de fondo.

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