(Diario de adolescencia) 21 de diciembre de 2016



Me levanto a las seis. A las ocho y veintinueve, espero a que abran las puertas de la biblioteca de mi universidad. Hay un grupo de gente que espera conmigo. Echo un ojo a un chico ―me parece que es estudiante de Filología Clásica― que siempre anda por aquí y que tiene un físico exultante; ay, lleva unos tejanos apretados que no están nada mal, aunque lo más apetecible es su cara, con unos ojos azules y blancos y el cabello negrísimo. Me concentro en el temario de Griego.
Examen de Griego hecho. Estudiar lo que he estudiado no me ha servido de mucho. Con esta prueba, doy por terminada la asignatura. Quizá eche de menos su profesor y las digresiones con que rellenaba los vacíos de cada clase.
Voy con I a tomar una birra a El Camello. Surge a la conversación el tema de cómo nos conocimos: le digo que, en Tinder, le di un like porque se lo daba a todos los chicos que me aparecían. Le cae como un golpe; yo pensaba que ya se lo había dicho. El momento me recuerda a aquel que tuvo lugar en mi cita con P: le dije que el primer mensaje mío que recibió, vía Twitter, era automático. Me preocupa que I dé más importancia a este hecho de la que tiene.
De vuelta a la universidad, nos cruzamos con S. No me ve o parece no verme; no le saludo. En la universidad, I desaparece y me encuentro con J y R, dos amigos de Francesc; me saludan; hace mucho tiempo que quería conocerlos personalmente. J es tan dulce y desaliñado como me lo había imaginado.
Entro en la biblioteca para estudiar Ruso. Desde ahora hasta las seis y media, solo quedan cuatro horas; dudo de que les saque provecho; suspenderé y será una lástima porque el profesor es un hombre encantador.

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