(Diario de adolescencia) 21 de agosto de 2016



Ayer por la tarde, dejamos Italia. La última parada que hicimos fue la de Pisa, donde no solo vimos la trillada torre inclinada, sino que visitamos un baptisterio que me sorprendió por lo que tenía de paz, de vacío, de círculos que impiden presencias infernales (en la planta del edificio, en sus arcos…) y de un agujero en la cúpula que J, en un comentario que me dejó en Instagram, relacionó con los agujeros negros que atraen y absorben universos. J. Ese es un nombre a tener en cuenta. J. Tengamos presente su nombre.
Son las dos y tres cuartos de la tarde y estamos de camino a Cataluña. Hemos dejado atrás Arles, donde hemos almorzado y he curioseado por la Fundación Vincent Van Gogh. No hay nada que desee con más ansia que volver a mi cama, a mis frutas y verduras, a mi pijama, a mi escritorio, a mis hojas de papel, a mi impresora, a mis horarios, a los silencios de mi casa y de mi calle (interrumpidos por la voz del mecánico que tiene su taller en diagonal, de los clientes de un restaurante que hay en otra diagonal a mi bloque de pisos, la música de un vecino que nunca he sabido quién es y siempre pone los altavoces al máximo…)

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