(Diario de adolescencia) 21 de abril de 2017



Durante las dos últimas semanas, no he salido más de una hora diaria de casa. El tiempo que me he quedado encerrado en esta cajita de dos pisos hará que, cuando vuelva a las clases, valora más las calles, las plazas y el cielo. Y, a pesar de ello, por más que disfrute del tiempo que paso encerrado, no puedo hacer una distinción clara entre el interior de este edificio y el exterior, el mundo en movimiento. En verdad, todo es lo mismo y, por más que vincule mi hogar con la lectura y la tranquilidad, estoy bastante convencido de que no tienen una relación directa: la lectura se da tanto en las vidas agitadas como en las más calmadas; la tranquilidad, por otra parte, consiste en una predisposición a vivir de una forma determinada, no en un lugar idílico.
Voy al concierto de Joan Miquel Oliver en Sala Beckett. Nunca antes había estado en ese sitio. De camino, he preguntado a una pareja: «Perdonad, ¿sabéis dónde está Carrer Pere IV? Me han mirado como si los hubiese insultado y, después de murmurar algo entre ellos, han dicho: «Sorry, we don't speak... that.» Vale. Tampoco le he dado una mucha importancia, ya que, en realidad, tenía la Sala Beckett al lado y ni la había visto. Es el mismo problema que tengo cuando conduzco: estoy tan seguro de que no sabré llegar donde quiero llegar que ni miro las señales ni subo la mirada del suelo.
Sala Beckett tiene una estética así como de colegio antiguo que ha sido okupado. Son las nueve y media. El concierto debería haber empezado. Una capa de humo artificial (se nota que es artificial porque, como los pretenciosos, quiere parecer misterioso como la niebla cuando no es más que la emanación de una máquina que funciona con enchufe) cubre el escenario. Estoy a primera fila y me hago las mismas preguntas que me haría en cualquier concierto: «¿El cantante se fijará en mí?» No me ahorro el ego ni en momentos como este; es algo vergonzoso. En el último concierto de Fangoria en que estuve, me acerqué a Francesc y le dije: «Creo que Alaska me ha sonreído.»; él respondió: «A ti y a tres maricas más.»
El concierto de Joan Miquel Oliver acaba siendo mejor aún de lo que había esperado. Joan Miquel Oliver es el tipo de cantante que no tiene reparos en cantar canciones que no son estrictamente de su último disco. Su voluntad de gustar a quien le escucha debe valorarse en un momento en que hacer ruido es más fácil que nunca. Es la primera vez que voy a un concierto solo. Estoy a primera fila y hay un asiento vacío a mi izquierda.
Al salir, me encuentro con Helena Valls. Vamos a La Fogia y, entre cervezas, sacamos la conclusión de que nunca hemos estado más relajados que ahora, en la universidad. Hemos vuelto a ese momento de la infancia en que la siesta se alargaba indefinidamente. Sin embargo, Helena se marcaba objetivos sólidos y la envidio por ello. Vuelvo a Mataró con el autobús de la una y pico. Hoy he escrito este diario en mi móvil y quizá no me convenga volver a hacerlo: escribo con menos serenidad que como lo haría en mi portátil, estando en mi habitación; soy un bocazas rematado.
En la parada del autobús, no sé en qué pensar. Tengo miedo de que escribir esto haga pensar a algunas personas que banalizo la escritura pero la cuestión es que no sabría explicar con mucho detalle por qué escribo. El tiempo pasa más lento en esta marquesina de Plaça Tetuan. Todos llevamos chaquetas de primavera pero, a estas horas, lo que uno querría es estar en la cama o dentro de un horno o en cualquier lugar donde sentirse arropado.
La gente que uno se encuentra en el autobús nocturno es más intrigante que la que se encuentra en el autobús de día. ¿De dónde ha salido? ¿Por qué ha tenido que estar en Barcelona hasta tan tarde? ¿Por qué ahora vuelve a Mataró? Intento leer y no consigo concentrarme. Se me cierran los ojos como si fueran puertas automáticas.

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