(Diario de adolescencia) 20 de mayo de 2017



¿Y qué nos puede salvar cuando nos sentimos tristes? La música, el sentimiento de inmensidad, ignorar que existen otros seres humanos, amarlo todo. Parecerían acciones distintas, pero todas pueden hacerse al mismo tiempo.
Al salir de casa, travieso de esquina a esquina una calle abarrotada de rayos de sol. No es posible ver el fondo. Todo es luz, todo es blanco, todo proviene de algo que está más allá del ego, más allá de lo que uno puede pensar diciendo «Yo veo...»; aquí, solo podríamos decir: «... es visto.»
En el autobús, me sorprende oír la animada conversación de unas chicas de treinta o cuarenta años. Bromean, hacen muecas; su risa recorre todo el interior. ¿Cómo habrán llegado a esa edad con tal vitalidad? ¿Será que su complicidad las mantiene en el mismo punto en que se encontraban a los dieciocho?
Cuando llego a Barcelona, todas las muchachas jóvenes que veo visten divinamente. Dos chicas con rasgos asiáticos piden sus desayunos en Buenas Migas en silencio; una es rubia y la otra es morena; las dos visten como si este fuera el mejor día de sus vidas.
En la academia de inglés, durante el descanso, pido al profesor Philip B. que me lleve a ver el vitral modernista que hay en el primer piso del edificio. Me cuenta que el lugar en que nos encontramos fue diseñado por Jeroni Granell, quien vivió en el piso al que subimos con un ascensor. Las paredes son lisas, color vainilla. Parece que la luz traspase la opacidad de todos los muros y llegue al pasillo, con suelo de mosaico hidráulico, elegantemente. El mosaico del suelo de las salas en que habitaba el servicio es mucho más simple: solo rombos negros. El vitral se encuentra en una sala de reuniones. El profesor no se acuerda del nombre del autor. Le pregunto si puedo hacer fotografías y, durante unos segundos, dejo que las musas campestres que aparecen en él guíen mi mirada. A través de una ventana, se ve a unos turistas bañándose en la piscina de una azotea.

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