(Diario de adolescencia) 20 de diciembre de 2016



Aclaremos algún que otro punto: soy un escritor de ficción. Pese a ello, mi mayor fuente de inspiración es mi experiencia y la realidad; la imaginación solo me sirve para dar cohesión narrativa a mis textos.
Soy, por lo tanto, un narrador de ficción, que, aun así, suscribiría eso que dijo Miró: «No he menyspreat res, de la realitat, convençut que tot és contingut en ella.»
Asimismo, debería aclarar por qué escribo: escribo para entenderme a mí mismo y fijar por escrito la evolución que sigue mi vida. La escritura es un proceso de descodificación de los signos presentes en la realidad y de codificación en la medida en que las palabras son otros signos y solo me sirven para hacer una interpretación de una realidad plural.
Sí, la escritura es un proceso de descodificación y codificación. Es un proceso insuficiente para captar la realidad ―proyecto imposible―, pero, insistiendo en él, se está más cerca del objetivo: entender y captar nuestra realidad.
En fin. Empiezo el día a las seis. Voy pronto a clase. Interesantísima clase de Literatura. Me salto Gramática Normativa del Español; me voy con Rebeca y Anna a La Sureña, a tomar un café. Luego, examen de Llengua Catalana I; al entregar el examen, felicito a M por el premio que le han concedido y entablo una conversación mínima con ella. Vuelvo a Mataró. Debería seguir estudiando para los dos exámenes de mañana.
Estudio. Me ducho: al desnudarme, examino esos forúnculos incipientes. Tendré cuidado. Sigo estudiando. A las ocho y media, llega mi madre, pega cuatro gritos y se va a yoga; así se solucionan los problemas en nuestro siglo. Sigo estudiando y, a las nueve, subo al segundo piso, a visitar a mis abuelos; últimamente, solo he subido dos o tres veces por semana (o aún menos).

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