(Diario de adolescencia) 2 de septiembre de 2015



Último día de escritura de Rumanía en agosto. Al final no ha habido forma de salvar el relato. Solo he podido retratar una pequeña porción de Bucarest, cuando mi intención, en un principio, era ambientar algunas escenas también en Sibiu, Sighisoara, Bistrita... Todas las ciudades por las que pasé hasta llegar al norte del país; la cima y final del relato estaría en el lugar que fue mi propia cima, los monasterios de Moldavia. En fin, volveré a tratar con los relatos de viajes en otra ocasión. Durante los días que he estado enfrascado en esta historia, he seguido la misma rutina que con Los paseos por la frontera: escribir dos páginas y media después de desayunar a las 6 a.m. y otras dos páginas y media después de almorzar entre las 2 p.m. y las 3. Este verano he estado especialmente hambriento; nada me deja más satisfecho que la comida. Y, sin embargo, sigo comiendo platos tan sosos como siempre: sin salsas, sin aceites, sin azúcar. Quizás alguna vinagreta para la verdura, pero nada demasiado frecuente. Como frugalmente sin dejar de comer abundantemente. Eso sí, los últimos días he notado un cambio: al dejar de picar fruta en deshora, lo que como en el desayuno, el almuerzo y la cena me deja todavía más lleno. Lleno hasta el empacho. Por eso creo que ese método de escribir después de las comidas no me servirá por mucho más tiempo. Ayer mismo, tardé más de lo normal en escribir las dos páginas de después del almuerzo porque me dolía el estómago; no había comido ni más ni menos que los días anteriores. En fin, antes de que olvide que durante un tiempo he seguido esta rutina, escribiré algún relato atribuyéndola a un personaje. ¿Qué son mis personajes, aparte de eso: recordatorios de cómo he sido, cómo soy y cómo quisiera ser? Les doy los rasgos que tenía de niño; algunas de sus características son las mismas que las mías ahora; otras características se refieren al tipo de hombre que querría ser.

La mañana de hoy ha sido igual a la de ayer. Preveo que los próximos días no saldré de este horario barcelonés. He salido pronto hacia la ciudad; a las nueve y media ya estaba allí. Diluviaba. He seguido el mismo recorrido que ayer: salir del autobús y torcer hacia la derecha de Ronda Universitat; volver a torcer al llegar a Plaça Catalunya; bajar Las Ramblas; intentar hacer una foto, aunque quede sacudida por el temblor de mi brazo al andar; girar por Carrer del Carme; y, de un momento a otro, aparece ella, como un castillo medieval: la Biblioteca de Catalunya.
Estando dentro, me he sentado a uno de sus escritorios y la he comparado con el autobús en el que había venido. Aquí, las separaciones entre escritorios y escritorios eran anchas, mientras que, en el autobús, me he visto obligado a encogerme porque la mujer de mi lado no era delgada. Allí, sentía el aroma de su perfume sin la necesidad de que se me acercase más. Todos sus movimientos, por discretos que fueran, quedaban al descubierto para mí. Aquí, en cambio, las distancias entre personas y personas eran grandes. El hombre que se sentó delante de mí respiró hondo y creí notar su exhalación en mi nariz. Quizá pensarías que no era un olor agradable, pero la verdad es que no me ha molestado. He sentido, si más no, la calidez del aire de su boca en mi cara. Y yo, mientras tanto, he seguido respirando por la nariz.

Otra de las diferencias entre el espacio del autobús y el espacio de la biblioteca es el ritmo. En el vehículo vibramos a la vez que su techo, sus paredes y sus cristales vibran. A la vez que sus ruedas se tropiezan con baches o los granos negros de la autopista. El espacio nos sacude; si se da un frenazo, se nos azota. Pero no podemos quejarnos porque estamos en la carretera y estas cosas son tan naturales como que nos caiga una piña encima en una pineda. La biblioteca no es el caso contrario; no es un edificio quieto, fijo en el suelo. En la biblioteca notamos que los demás andan y hablan a nuestro alrededor mientras tratamos de concentrarnos. No es una percepción equivocada: si las palabras del libro que tenemos delante son aburridas o complejas, los ojos se nos van hacia el menor ruido. La biblioteca vibra tanto o más que el autobús, porque quienes vibran son los bibliotecarios y las ratas bibliotecarias; y ellos hacen y son la biblioteca.

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