(Diario de adolescencia) 2 de mayo de 2017



Este es un país de hombres con la cabeza pequeña y el cuerpo grande. Las tiendas de suvenires han invadido esta ciudad del mismo modo que han invadido Barcelona. Algunos, en lugar de visitar los sitios emblemáticos en sí, nos contentamos con entrar en tiendas donde venden referencias a esos sitios emblemáticos. Es un gusto siniestro y gris, pero es más fácil que comportarse como el turista típico de antes.
El buen estado en el que se conserva el Memorial del Holocausto demuestra que las personas, a fin de cuentas, saben lo que es el respeto. El suelo de este sitio se curva. Parece que Montaigne hubiese estado aquí cuando dijo: «La vida es ondulante.»
Todas las ciudades grandes tienen una avenida como Unter den Linden. París tiene sus Champs-Élysées y Bucarest tiene su Avenida de la Victoria. Es necesaria una calle así para que los turistas puedan cansarse antes de ir de vuelta a su hotel.
Vemos la Puerta de Brandeburgo. Unas niñas intentan que les saquen una foto haciendo piruetas y una se cae. Reímos un poco desde la distancia. Maria y Paula comen cosas insanas, como salchichas con patatas y kétchup y eso. Compro dos trozos de pizza en otro lugar y no estoy seguro de que sea algo más sano, pero siempre confiaré antes en la pizza que en un pedazo de carne con salsas. Entramos en un supermercado y nos pasamos un rato larguísimo dando vueltas por sus pasillos. Volvemos al hotel. Vamos al baño. Una encargada me dice que no puedo entrar en el baño de mujeres y le digo que ya salía. Nos pasamos horas y horas en la recepción, encogidos en unos sofás. En algún momento, será hora de que volvamos al aeropuerto. Desde por la mañana ha llovido y no parece que vaya a parar. Quizá sea un vuelo triste. Intentaré leer.

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