(Diario de adolescencia) 2 de enero de 2017



Pienso en mi infancia, cuando aún creía en Dios. No creía en el Dios de los católicos; ya casi nadie cree en el Dios de los católicos. Como que el dogma religioso ha pasado a tener una importancia nula y cada uno cree como le da la gana, el Dios en el que ha creído la gente de mi generación es un dios del hogar, como una Hestia o Vesta. Nuestra fe no venía de la lectura de las Sagradas Escrituras, sino del aprendizaje que habíamos hecho en nuestras casas a través de padres, abuelos… En mi casa, especialmente a través de mi abuela.
Mi constancia en la escritura de este diario ha durado exactamente un mes. Pasándolo a ordenador, me convenzo de que es inútil y dudo que vuelva a escribir exhaustivamente en él durante un tiempo. Por suerte, la novela avanza viento en popa.

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