(Diario de adolescencia) 19 de mayo de 2017



El paso del tiempo tiene consecuencias trágicas. Más allá de la muerte, que es la consecuencia última, también hay otras como el cambio de pensamiento, la transformación de la consciencia, dejar de creer en algo para creer en otra cosa. Quizá, el momento en que alguien nos empieza a interesar coincide con el momento en que ese alguien, que estaba fascinado por nosotros, se desencanta. Le aburrimos. Se ha operado una inversión de deseos o intereses o como se le quiera llamar. El tiempo nos confronta con cambios que preferiríamos ni imaginarnos, pero nos recompensa con el olvido, la posibilidad de olvidar.
Empezamos a amar y nos equivocamos al poco tiempo: decidimos conservar sin ningún cambio la primera impresión que nos dio la persona amada. Cualquier cosa que haga que modifiquemos la imagen que tenemos de ella será entendida como un error. Queremos preservar, hipnotizarnos, deshacernos de la voluntad de saber y refugiarnos en la calidez, el instinto. Somos conscientes de que nos equivocamos, pero preferimos el engaño a todo lo demás.
Nada. Hoy no he hecho nada. He ido a que me hicieran un análisis de sangre y no ha habido nada más. Mientras la enfermera la extraía, he intentado mirar la aguja, pero mis ojos se han desviado hacia otro lado. Una vez ha terminado, ha guardado el envase tan rápido que no he podido ver el color de la sangre. No he hecho nada. Si lo hubiera hecho, tal vez no lo contaría aquí. Mi relación con este diario consiste en una negociación: «Yo te doy contenido ahora», le digo. «Pero, en un futuro, tendrás que ser tú quien salve mi vida ―quiero decir la vida― del olvido.» Temo que, cuando relea este diario dentro de unos años, envidiaré la situación en la que me encuentro en este momento. En verdad, no es algo envidiable. El tiempo envidiable solo lo es en la medida que ha pasado de largo. Es triste constatar que envidiaré un momento en que no me sentía en el paraíso, ¿pero nunca me he sentido en él?
En una prosa mitológica de Roís de Corella, se dice algo preciso y precioso: Medea habla sobre el amor y asegura que lo que debemos desear es amar, no ser amados. Queremos conocer al otro lo más posible: no nos damos cuenta de que lo queremos conocer para colonizarlo, porque todo lo que desconocemos nos asusta. ¿Y si, por una vez, nos centráramos en lo que nosotros mismos sentimos sin que nos preocupe todo lo que queda fuera de nuestro alcance de la persona que amamos? Si dentro de diez minutos releo lo que estoy escribiendo, no me lo creeré.
¿Pero qué te esperabas, Xavier? ¿Qué te esperabas? Estabas en una discoteca. Lo viste y, a los treinta segundos, ya os estabais besando. ¿De verdad creías que saldría algo profundo de todo ello? ¿De verdad pensabas que, el día después, querría hablar animadamente contigo? Cuando saliste de su casa, solo te pidió tu número por si le apetecía repetir. El «tengo ganas de conocerte» era protocolario. Tú tienes diecinueve y él, veintitrés. A base de golpes, aprenderás algo.

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