(Diario de adolescencia) 19 de junio de 2015



Un día sin escribir en este diario y ya me siento fatal conmigo mismo. A veces me digo que esto me servirá para futuras obras de ficción, como notas de apoyo a la hora de crear personajes. Sin embargo, la intención con la que empecé este diario no era esa. Ahora reviso las primeras entradas y me río de lo engañado que estaba.
Fue en uno de esos momentos ―que todavía hoy tengo― en que creo que ya estoy de vuelta de todo, que podría dar consejos a todo el mundo, que no se pueden tener más capacidades para conocer y ser crítico con lo que se conoce. En momentos como esos solo me falta esperar. A veces es cuestión de minutos que me dé cuenta de que ni tengo las capacidades suficientes para comprender el mundo ni este cabrá nunca dentro de mi mano. Probablemente, estas capacidades son el talento que movió a los grandes hombres de la historia a tomar decisiones, además del azar.

Escribo en mayor extensión y hasta diría que con más calidad (ostras, ¿qué es la calidad?) cuando tengo hambre. No sé si habrá una relación entre lo que pasa en mi estómago y lo que pasa en mi cabeza, pero diría que es un hecho que, cuando no he comido nada, siento mi imaginación más activa. Además, mis ganas de moverme crecen, aunque eso ocurre con cualquier trabajo.
Una vez se ha almorzado o cenado, se entra en un estado de amodorramiento. Creo que tendrá algo de fisiológico: el cuerpo interpreta que, como que ya has saciado una de tus necesidades principales, no necesitas seguir esforzándote. A partir de ese momento, todo cuesta un poco más. Las sillas invitan a que te duermas en ellas y la sobremesa te lleva a la divagación sin fin. Si en la comida, compartida en familia, hay una tele de por medio, alguna mano malvada pone un programa sobre prensa rosa y todos quedamos embobados con vidas de gente que no nos importa. Lo inteligente sería acabar con eso que tienen de malo las comidas (así es, que sean comidas) y quedarnos con aquello positivo, que es igual en todas las sociedades: la comida como momento en que discutir o bien observar a los demás, aprender de ellos, estudiarlos. Los platos, en definitiva, son una excusa para eso.
La necesidad de alimentarnos seguiría existiendo aunque dejáramos de comer en los almuerzos y las cenas, claro, pero podríamos hacerlo de manera distinta. Quizás en porciones pequeñas, que casi no se notaran, cada una o dos horas. O mientras se hacen otras cosas. Hay muchas propuestas por hacer y todas son dignas de tratarse en una de esas discusiones vanas de la sobremesa.

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