(Diario de adolescencia) 19 de diciembre de 2016



Me despierto a las seis. Faltaré a casi todas las clases del día. Al encender el móvil, he visto que I, anoche, se puso de foto de perfil en WhatsApp la foto de los dos besándonos. Nunca es necesario que le insista en nada; por su propio pie, suele llegar a conclusiones parecidas a las mías.
Al final, falto a las tres clases que tenía a lo largo del día. Estudio con cierta lentitud, como mucho, bebo café, me siento dormido… No me conviene pasar veinticuatro horas seguidas dentro de casa, pero, hasta mañana por el mediodía, no saldré.
Dos amigos míos, A y F, se conocieron hace unas semanas. Empezaron a verse. Quedaban con mucha frecuencia. A se enamoró ―aunque, a día de hoy, niega estar enamorado. F, en cambio, no tiene interés en una relación amorosa. Ayer, le dejó claras sus intenciones y A se entristeció. Estoy bastante seguro de que había llegado al punto de enamorarse; si no, le sería más fácil dejar de ver a F como alguien a quien amar. Enamorarse es un proceso de endurecimiento curioso: cuanto más enamorado se está, menos flexibilidad se tiene para tratar los sentimientos al antojo propio.
Mañana debo ir a estudiar a la biblioteca de mi universidad. He perdido disciplina en casa. He olvidado el hábito de estudio. El curso pasado no se me hacía tan difícil concentrarme estando en mi habitación.

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