(Diario de adolescencia) 19 de abril de 2017



Cuando me pongo a pensar en Los comedores de patatas de Vincent van Gogh, no puedo parar de hacerlo. Hay algo en esa pintura que la hace ineludible, por decirlo de alguna manera. Marga Riera, la artista que me daba clases de dibujo cuando era un niño, me habló de ella por primera vez. Los días nublados, como hoy, me recuerdan a sus clases, que daba en su piso particular las mañanas de sábado y a las que solo íbamos dos o tres críos. Volviendo a Van Gogh, lo que me conmueve de Los comedores es que muestre un grupo de personas que, pese a vivir en la penumbra, comparten la comida sin tristeza ni dolor en el rostro; los campesinos de ese cuadro parecen realmente optimistas, realmente sabios.
Papá insiste en que me voy a resfriar, pero me encanta tener la ventana de mi habitación abierta. Cuando estornudo, me pongo la chaqueta de salir a la calle y se acaban los problemas. Trabajo mucho mejor así, oyendo el ruido del taller de coches que hay en diagonal a mi casa, la gente que pasa por la acera de enfrente, los chavales que van o vuelven del colegio, el tráfico…
El miércoles es el día que recuerdo a qué familia pertenezco. En casa, se come escudella y carn d’olla. Es algo bastante indefectible; los pocos miércoles en que no ha sido así han sido esos miércoles de primavera y verano en que las sopas no podían aguantarse o esos miércoles en que alguna circunstancia extraordinaria (¿qué sé yo? Una enfermedad, por ejemplo) lo impedía. Mi abuela prepara estos platos la mañana del mismo día; su calidad es indiscutible, y estoy convencido de que esto no lo digo porque sea su nieto; lo digo porque la constancia que ha puesto en la cocina y la atención con que ha escuchado los comentarios de quienes comíamos han elevado su nivel de conocimiento como se eleva el del niño que estudia «La vaca cega».
A la hora del almuerzo, papá me cuenta algo y, después de pensarlo un momento, añade: «No digas nada de esto en Internet, ¿eh?» ¿Debe saber que este diario público existe? No tengo ni idea. No me he atrevido a preguntar. En algún momento, tendré que sacar el tema a la luz. Tampoco me supone un gran problema hacerlo, porque sé que reaccionarán como a todo lo que escribo: sonreirán, quizá hagan algún comentario y cambiarán de tema. Debería dar las gracias más frecuentemente por unos padres tan permisivos y correctos.
Por la tarde, empiezo a leer Per passar l’estona, de Josep Pla. Todo lo que pueda decir ya lo habrá dicho antes Pla. Aún no sé precisar qué es lo que hay en sus libros que me deja una sensación tan agradable, que hace que el tiempo me pase tan deprisa. Podría pasarme toda la vida leyéndolo y la verdad es que no desearía nada más.
Soy un perfecto inútil. Me ha costado mucho aceptarlo porque he visto que algunas personas confiaban en que me espera un futuro brillante, lleno de movimiento y de dinero. La verdad es que no es así; no soy ese tipo de persona. Disfruto hablando sobre literatura y escribiendo cosas que, en ocasiones, dudo de que lo sean, pero que también me reportan un gran placer. Es lo que he hecho hasta ahora. Cuando era más pequeño, pensaba que llegaría el día en que mi vida cambiaría y me convertiría en alguien económicamente productivo, socialmente atractivo, no sé, algo así como un Barack Obama. La realidad ha contravenido todas estas ideas. Si me imaginaba que el futuro consistiría en convertirme en un trajeado, el futuro, en realidad, está consistiendo en seguir haciendo lo que he hecho hasta ahora con la consciencia de que no va a cambiar. Y con la satisfacción que da que no cambie.

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