(Diario de adolescencia) 18 de mayo de 2017



Es insoportable. Es un día insoportable. No me aguanto la cabeza entre los hombros. Pese a todo, la noche me dejó con un precioso recuerdo. No creo que haya relación entre que la noche fuera memorable y que estuviéramos en miércoles, pero veo una clara conexión entre sus escenas y un momento de la vida que compartíamos todos los que estábamos en el mismo lugar. Con momento de la vida me refiero a que la experiencia estuvo más allá de las circunstancias actuales; la experiencia transmitía algo que había sobrevivido a lo largo de la historia.
No se puede correr a amar. Quizá el amor solo sea recíproco y sereno cuando se llega a él dulcemente, suavemente. Al mismo tiempo, sin que se pueda correr a amar, tampoco uno puede dejar que le guíen hacia el amor ciegamente. De los secretos que nunca nos serán desvelados, entiendo que es uno de los más emocionantes.
Todas mis preocupaciones ―que son, claro está, las preocupaciones de alguien que lleva una vida bastante despreocupada― tienen su origen en mi ego, en mi consciencia de mí mismo. Desde pequeño, me observo como si, al mismo tiempo que yo me muevo, un espejo se alargara a mi lado o una cámara me grabara. Si supiese olvidarme de mí mismo más fácilmente, si supiese volver la mirada hacia las demás cosas y no solo hacia mí, dormiría más tranquilamente cada noche. En cualquier caso, agradezco que sean estas preocupaciones las que me hayan caído encima, y no otras peores. A momentos, se hace evidente que solo aprendemos a vivir cuando nos inquietamos por lo que nos pasa. Pero no saber descansar nunca de uno mismo es, más que algo que nos instruya, una obsesión, algo totalizador.
Anoche, salí por Razzmatazz con Abril y Anna. Estaba preocupado por cómo volvería luego a Plaça Tetuan, para coger el autobús. Cuando estábamos en la pista, olvidando todo reparo y cantando como loros excitados, una chica vestida de negro se acercó a Abril y le dijo que le gustaba su estilo. Estuvieron hablando mientras Anna y yo no sabíamos qué hacer. La chica que Abril acababa de conocer tenía un amigo a su lado, que le dijo algo sobre mí. «A este chico le gustas.», me comunicó Abril, después. Se me acercó. Bailamos. Nos besamos. Pasamos minutos y minutos así. Al separarnos, Abril y Anna habían desaparecido. Las encontramos en la terraza para fumadores. Abril se estaba liando con la chica que acababa de conocer. Hice lo mismo con el amigo de tal chica. Su nombre era Quim y tenía veintitrés años. Me parece que le jodió que yo tuviera diecinueve. Su mirad era deliciosamente expectante. Nos echaron de la discoteca a las cinco ―iban a cerrar― y me fui, en un taxi, a casa de Quim. Vivía en Sants, en una calle transversal a la Carretera de Sants. Nos besamos en su sofá. Fuimos a su cama.
―Me gusta dar placer. ―dijo. Me costó correrme porque me preocupaba que él no quisiera ni que se la chupara. Nos dormimos y, al cabo de unas horas, a las nueve, me he levantado. Se ha apuntado mi número y he vuelto a Mataró. Hemos estado hablando por WhatsApp, pero me temo que demasiado poco. Me estoy haciendo ilusiones cuando no debería. Me dijo que quería conocerme, pero eso es muy difícil de cumplir, es un deseo que quizá ya no se mantenga en pie.

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