(Diario de adolescencia) 18 de junio de 2017



Domingo caluroso, con cierta brisa, con hambre. Desayuno demasiado: un bocadillo de requesón y dos de mermelada de fresa. Voy al gimnasio y, en la máquina elíptica, escucho música y veo un programa de tele. Al volver a casa, acabo de leer el libro de Hustvedt. En el último ensayo, habla sobre Kierkegaard y la religión. Me pregunto a mí mismo si nunca habré dejado de creer en Dios: cuando ya me consideraba ateo, no había dejado de creer en él; si tenía un examen de matemáticas, le rogaba que me aprobase y le prometía que estudiaría más para el próximo. Quizá, ahora, sí que he dejado de creer en él, pero esta desaparición de la fe en mi vida ha acompañado un cierto desencanto vital que me impide proponerme grandes proyectos. Se necesitan fuerzas sobrehumanas para hacer frente a la vida.
A la hora de comer, solo estamos mis padres y yo. Mamá comenta que P le dijo que en todo el fin de semana no se pasaría por casa. Está terminando la mudanza al piso que se compró con M y, lentamente, abandonará esta casa. La situación entre él y yo es insostenible y, sin embargo, me parece que estando enfadados vivimos sin tantos roces como cuando nos hablábamos. En cualquier caso, ahora los roces son subyacentes.
Por la tarde, intento hacer una acuarela. Resultado horrible. He estado tanto tiempo sin pintar que he perdido la fluidez con que lo hacía de niño. Aunque técnicamente soy un desastre, quizá crearía más intenso si fuera pintor y no escritor. Me dedicaría a retratar a mis amigos, mis familiares y los paisajes que me rodean. La vida sería menos verbal y me costaría menos conciliar el sueño por las noches. La gente no diría que hablo raro.

Paso casi toda la tarde leyendo El idiota de la familia con la puerta de mi cuarto cerrada. Hacia las ocho, llega mi hermano y discute con mi padre. Los oigo. Me menciona. Salgo de la habitación y le pido a gritos que me deje en paz. Se queda inmóvil y se va al baño remugando.

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