(Diario de adolescencia) 18 de diciembre de 2016



Me despierto a las seis. A las siete, ya estoy listo. Podría pasarme todo el día estudiando, pero, al mediodía, voy a ver un evento ―una acción poética― en Barcelona, en Sants. No sé si podría estudiar todo el día si realmente me lo propusiera; no sé si he perdido esa tenacidad que me ha conducido por un camino académicamente bueno los últimos cursos.
Discuto con I intermitentemente a lo largo de la mañana, por eso de la fotografía de nuestro beso. A las once y cuarto, cojo el tren hacia Barcelona y, cuando llego a Montgat, anuncian que ha habido un arrollamiento. La gente resopla, pasean dos policías; estamos dentro de un túnel y, a través de los cristales, solo se ve la negrura.
Esta mañana había dudado entre ir al recital o quedarme estudiando. Me había repetido que debía ir porque se lo había prometido a Míriam, una compañera de la universidad. Y, ahora, nada. Y con este nada me refiero a la nada de la persona que habrán atropellado, las muchas razones que tendría para arrojarse a la vía y las otras razones que ignoraría para seguir viviendo.
Parece que las personas que hay a mi alrededor, en el vagón, no se preocupen porque una persona haya dejado de vivir. Su muerte, sin embargo, está muy cerca de nosotros; está a nuestro lado. A lo sumo, algún viajante comenta que la depresión es un motivo clásico de los que inducen al suicidio; todo lo demás son comentarios sobre el servicio de trenes, la frecuencia de estos problemas, la geografía del terreno…
¿Tengo razones para preocuparme, para entristecerme? Podría vivir los años que el suicida acaba de echar a la basura; podría aprovecharlos, del mismo modo que, a veces, tengo la sensación de que alguien podría aprovechar el tiempo que he pasado vivo ―un tiempo que, para algunos, habrá sido derrochado.
¿Qué debo hacer? ¿Cómo actuar? Quizá se debería actuar siempre estando de acuerdo con la idea de bondad que uno tiene. O, más bien, dejándose guiar por eso que su intuición le dice que es la bondad. Puede que no exista Dios, que no haya un paraíso, que se cumpla con esta bondad como se podría obrar con maldad. Pero, más allá de esta ausencia de reconocimientos, tiendo a creer que la verdad está más cerca de la idea de bondad que de la idea de maldad, contrariamente a lo que me han hecho creer en ocasiones.
Día sin ver a I, sin escribir, estudiando poco…

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