(Diario de adolescencia) 17 de septiembre de 2015



«Si has empezado el colegio, ¿por qué no comentas nada?» En este momento me he dado cuenta de por dónde iban los tiros. Los primeros segundos me he negado a creerlo; no creía que mi forma de comportarme pudiera molestar a nadie. Al parecer, lo que le había molestado era que estuviera tan callado. Que siempre esté tan callado. Y no le faltaba razón: no hay punto de comparación entre la cantidad de cosas que los demás me cuentan y lo que yo mismo digo; no lo veo como un gran problema. A veces, para justificarme, me digo: lo que puedo decir a alguien ya lo sé. Lo que alguien me puede decir a mí, es infinito y a veces implica maravillas. Por eso leo; por eso adoro escuchar los profesores; por eso veo y oigo cine. Mi estado natural es el del que escucha, observa, huele, toca... ¡nunca el que habla, el que hace gestos, el que se expresa! Con la escritura rompo ese mutismo. Es, en definitiva, las conclusiones que saco de todo lo que he vivido.

Ahora que he escrito en el diario me veo obligado a decir alguna cosa sobre el colegio jesuita. Si no hubiera hecho esa primera entrada, hubiera esperado dos o tres días más antes de escribir nada; la situación aún es demasiado pequeña. Tendría que dejar que los alumnos de los jesuitas se siguieran acercando a mí, mientras yo me acercara a ellos, para atreverme a decir nada sobre cómo son. Hasta el día de hoy, la acogida que me han hecho no ha estado mal. Aún no sé el nombre de nadie. Hablo indistintamente con unos y otros. A veces, pido a alguien que me ayude a abrir mi taquilla para conversar. Creo que he caído bien a unos cuantos; aunque nadie se ríe cuando comento cosas en voz alta, durante las clases, sé que hay un poco de tensión. Pero no es una tensión agresiva; como soy el único alumno nuevo de este año, algunos se niegan a acogerme como si fuera de la familia. Es demasiado pronto, quizá. El problema es que tengo la sensación de que ellos son los compañeros a los que debo tener en cuenta a partir de ahora, pero eso sería cogerme demasiada confianza.
Recibo algún mensaje de gente de Maristes Valldemia; dice que piensan en mí. Pienso poco en ellos. Sé que he tomado una buena decisión yéndome. De todos modos, sigo sintiendo que los maristas son mis amigos y profesores «biológicos».

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