(Diario de adolescencia) 17 de mayo de 2017



Quizá no haya una sola vida que se libre del mal. Las personas realmente perversas son escasas. Lo que vemos habitualmente, los rastros de mal que encontramos en quienes nos rodean, no son algo que debiéramos condenar de por vida (cabe preguntarse: ¿hay algo que deba ser de por vida?) Más que el mal, lo que se manifiesta en algunos seres humanos es incomprensión de la belleza y el bien. De ahí viene gran parte de la violencia, que todos hemos experimentado en un momento u otro, en mayor o menor dosis. Sé que todo suena abstracto, pero no puedo concretar en un diario público. Censurarse a uno mismo, omitir ciertas frases, es inevitable cuando se escribe sobre el presente.
Primera entrevista de trabajo que hago. Entro en un bloque de Passeig de Gràcia y subo hasta el cuarto piso. Tengo la sensación de que ya he llegado cuando me doy cuenta de que todavía estoy en el segundo: es cosa de los entresuelos de Barcelona. La sala a la que me llevan es luminosa, pequeña, sucia. No hay un solo piso de todo el Eixample que no tenga las paredes sucias. La mayor diferencia que he encontrado entre los interiores de Barcelona y los de Mataró es que los de la primera están medianamente dejados y a los habitantes no les importa que sea así: incluso se encuentran salas vacías en casas de familias de clase bien. Esa dejadez, quizá, se relaciona con el estilo de vida que se suele llegar en esta ciudad desde que se nace hasta que se muere: el estilo apresurado. Los barceloneses aprenden la prisa de la velocidad del metro, del tranvía.
Me hacen rellenar un folio con mi disponibilidad y me pego una pegatina con mi nombre en la camisa. Dudo de si debería escribir sobre esto en mi diario, pero es bastante seguro que ni me darán el trabajo ni estaré dispuesto a aceptarlo ―en el remoto caso de que me lo den. Todo esto me da mala espina pero intuyo que el mundo laboral (lo que algunos desencantados llaman mundo real) consiste en esto.
Después de una dinámica en grupo, me llevan a un despacho para una entrevista individual. La chica que me ha recibido me hace algunas preguntas mientras otra muchacha, que es de Francia y viste de un exquisito negro, toma apuntes en una libretita. Desilusión: siempre que veo una libretita como esa, me imagino que lo que hay escrito es algo revelador; ahora, me doy cuenta de que, en libretas como esa, también se pueden escribir las notas más objetivas y frías. El despacho tiene una ventana que da directamente a la intersección entre Passeig de Gràcia y Gran Via: el aire es mucho más nítido que a pie de calle; los edificios del alrededor, colosales, asustan. Todo este mundo me da ciertamente miedo y dudo de que haya nadie preparado para algo tan gigantesco. Acostumbrado a los techos bajos de mi casa, todo lo que se salga de las medidas del humilde Mataró me echa para atrás.
Me darán una respuesta dentro de un mes. Por Gran Via, me topo con Jalal y me avisa de que aún llevo la pegatina con mi nombre pegada. Gracias. ¿Dónde tengo la cabeza? Compro un café con leche largo. «¿Alguien había pedido un latte?», pregunta la camarera. «Yo había pedido un café con leche», alzo la voz. «Sí, son lo mismo.» «Ah.» Tanto tiempo en el mundo para ocupar tan poco espacio de mi cabeza. En la biblioteca de la uni, acabo de leer un libro de Balzac y no me impresiona tanto como Flaubert. Que tanto el uno como el otro fuesen hombres gordos no significa nada ―esa es mi conclusión.
Por la noche, voy a Razzmatazz con Abril T. y Anna V. Es la primera vez que entro en este sitio. Siempre me lo había mirado desde lejos ―desde la calle, ya que, cuando tenía diecisiete años y salía por Marina, no podía entrar en esa discoteca. La primera parte de la noche consiste, básicamente, en quedarse embobado mirando el DJ, cuyo pelo, algo largo y sedoso, se mueve por efecto de unos ventiladores. En fin. La segunda parte de la noche empieza cuando una chica se nos acerca.

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