(Diario de adolescencia) 17 de junio de 2017



Sábado a las cinco y media de la mañana. Me propusieron salir la noche del viernes. Lo rechacé. El viernes por la tarde, me sentí demasiado desesperado, demasiado necesitado de unas horas de olvido como para no volver atrás y aceptar la propuesta. Salir una noche de viernes es peor que salir una noche de sábado. Salir una noche de viernes me recuerda los diecisiete años, tan cercanos. Salir de fiesta por Mataró me había llegado a resultar odioso, pero, sí, igualmente, acepté. Tengo que aprender a mantener mis síes y mis noes, porque probablemente el yo que los decidió es más sensato que el que se los replantea. Ahora vuelvo a casa solo. He dejado a mis amigos en la discoteca. Estaba demasiado harto de los dramas de la noche como para seguir allí.

En cierta forma, he arreglado el problema con los amigos con que salí de fiesta anoche. Me despierto a las once y como. Luego, voy al gimnasio. Leo un poco y sin la atención necesaria. Me cuesta seguir con el libro de Siri Hustvedt. Estoy terriblemente pegado a mi móvil. Por suerte, el curso que viene empezaré Filosofía y mi vida parecerá más llena. He vuelto a empezar la serie Girls desde el principio. Me acuesto pronto. Calor infernal. Las voces de un restaurante cercano entran a través de la persiana.

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