(Diario de adolescencia) 17 de junio de 2015



Pienso en el examen de Filosofía que hice al final del segundo trimestre. Todavía perdidos en la pregunta de qué es la filosofía, nos habíamos tenido que aprender algunos de los temas más candentes de la actualidad. De entre estos, había uno relacionado con las armas. En el examen se pedía algo así: complétalo con tus propias ideas. En otras ocasiones me habría sacado una bobada pseudomoralista de la manga, pero me dio por pensar.
Si bien las armas habían dado pie a algunos de los conflictos más terribles de la humanidad, su uso para fines bélicos solo demostraba que el ser humano se estaba pudriendo, y no que los avances tecnológicos en los que participara fueran malvados. Un arma no es malvada por sí misma. La bomba atómica podría haber ayudado al ser humano y la solvencia de problemas como era el de tener que destruir grandes terrenos edificados con herramientas de menor efecto. Nobel se arrepintió de sus decisiones, pero no me atrevería a culparlo de nada más que de contribuir al progreso humano.

Hojeando un álbum de fotos de mi padre me doy cuenta de que, de joven, era como el tipo de chicos que suelo mirar en la biblioteca, en el tren, en el autobús, en los cafés. Pongo unos ojos fijos que algunos confundirían con un poco de embobamiento. Quizás sea porque el físico de los de aquí no tiene nada que envidiar a los del norte de Europa. O que, por costumbre, he acabado imaginándome que un tono de piel y una fisonomía como la de aquí es la única que puede gustarme.
Se hace difícil leer o pensar cuando se está cerca de un chico de estos. De todos modos, intento ignorarlos. Fijarme en ellos no me conviene. Sin querer sonar como un perro lastimero, tengo que decir que ellos no se fijarían en mí. No es una impresión mí: es un hecho. Quienes me vean lo confirmarán. Tengo asumido que soy feo, y eso es uno de los motivos que me ha llevado a buscar en la estética del arte y la literatura algo que en la estética que aceptan los clichés y medios sociales sería imposible. Además, siento que, siendo feo, no estoy tan comprometido con lo políticamente correcto del mundo. No hay nadie a quien complacer; al no existir la posibilidad de gustar, me permito el lujo de hacer algunas excentricidades.

Me parece, por lo que veo en la calle, que los niños son los más atentos a lo que dicen las ancianas. Se los ve cogidos del antebrazo de sus abuelas, absortos en lo que les están contando.

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