(Diario de adolescencia) 17 de julio de 2016





Esta última semana ha sido una de las más difíciles de los últimos años. Cada vez que salía a la calle, me venían ganas de echarme a llorar. De hecho, lo hice mientras cruzaba un parque urbano —porque, aunque nunca paseara con él por uno, los parques tienen esa configuración que solo puede asociarse a la dulzura del amor.
Me había hecho una promesa, una promesa fundada en buenos argumentos. Sin embargo, no hay argumento que valga delante de la emoción. Ayer volví a hablar con él. Le dije que prefería que, mientras trataba de olvidarlo, siguiéramos conversando como amigos. El miedo a que me olvide es terrible.

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