(Diario de adolescencia) 17 de enero de 2017



Antes de acostarme, leo a Proust. Hasta ahora, me había parecido un autor muy firme en su apuesta literaria. Sin embargo, la división episódica de El mundo de Guermantes, en comparación con la de las novelas anteriores de En busca del tiempo perdido, me hace pensar en cierta lucha (¿o quizá duda?) por el estilo, como si Proust tuviera la tentación de acortar algún capitulo (como el primero de la segunda parte) con tal de condensar la obra.
En mi inconsciente, hace tiempo que hay la idea de que debo escribir a ritmo rápido y en gran cantidad, como un Pla o Balzac. ¿Y por qué digo que esa idea está en mi inconsciente? Porque, hasta ahora, no me la había planteado de una manera tan brutal; no me había acarado a ella. Creo que esta idea proviene de mi entorno familiar: con el tiempo, P se ha convertido en un empresario y abogado de esos que te hacen tragar saliva cuando te hablan de cuánto dinero han ganado desde que aprendieron para qué servían los billetes. Debí concluir que, para ser un hombre digno, tenía que ganar tanto dinero como él; sin embargo, me decía a mí mismo que, con la literatura, tendría complicaciones si no me obligaba a escribir como a una velocidad industrial.
También me ha agobiado ese consejo popular que dice: «Estudia Periodismo o Derecho. Te toleramos que seas un chico de letras, pero, por favor, ni sueñes con ser escritor ni con estudiar una filología.» He tenido que impedirme a mí mismo pensar en todo esto para que no resultara vertiginoso.
¿Y ahora? Ahora me siento cansado, algo desilusionado y sin ganas de poner mi atención sobre objetivos tangibles. Ya no imito a los escritores a los que admiro, ya no pretendo dar una imagen determinada de mí mismo a los demás. Ser uno mismo es una misión demasiado ambiciosa o agotadora como para que alguien como yo la compatibilice con otras.

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