(Diario de adolescencia) 17 de diciembre de 2016



Me levanto a las seis y me pongo a estudiar a las siete. Llueve finalmente; oigo desde mi cuarto cómo el agua corre por alguna cañería escondida.
Me visto a eso de las nueve y media. Es curioso que, en el cine, las escenas en las que aparecen personajes vistiéndose suelan ser grabadas en planos detalle, como la primera de Dangerous Liaisons. Vestirse por la mañana tiene algo de cobrar consciencia del propio cuerpo. No. Tiene que ver con cobrar consciencia de los colores, tejidos y motivos de las prendas con que nos tapamos. Cobramos consciencia de nuestro propio cuerpo, por otro lado, en el momento previo a entrar en la ducha, cuando nos miramos, desnudos, ante el espejo del baño. Esos momentos, para mí, son del todo inesperados: nunca sé si, debajo de mi ropa, descubriré un cuerpo que no me incomode o bien algo espantoso, un poco gordo y desproporcionado.
No estudio como debería. Salgo de casa hacia la estación: a las doce y cuarto, he quedado con Laia para que me cuente qué le dijo I que le preocupaba hace unos días; a las doce y tres cuartos, Laia, I y yo iremos a comer al König. Es un restaurante que se llena rápidamente; por eso se debe ir pronto.
Da igual cuánto planifiques tu día: a partir del instante en que sales al mundo, lo imprevisible puede sorprenderte. Iba a dirigirme hacia la estación cuando, estando aún en las escaleras de mi casa, me he topado con mi abuela y me ha pedido que le subiera unas bolsas a su piso. Los treinta o cuarenta segundos que he invertido en hacerlo son los segundos que me han faltado para coger el tren en el que pretendía llegar a Barcelona a las 12.10 a. m. Mientras iba hacia la estación, podría haberme puesto a correr, pero he perdido la costumbre de darme prisas. Creo que, en el paso del bachillerato a la universidad, he perdido la urgencia que sentía de hacerlo todo rápido, ágil, bien, como si el tiempo siempre se estuviera agotando.
Al final, vamos a comer a otro lado, en Gran Via. Luego vamos al Setanta-Nou y compro dos películas: una de Godard y otra de Louis Malle. Me siento bien porque estoy con él, porque estoy a su lado y bebo un Martini, porque estoy con él y Laia está delante de nosotros y no deja de repetir que le encanta vernos juntos. Debería volver de una vez por todas a Mataró; tengo que estudiar, leer, escribir… A diferencia de I, el talento no me sale de forma natural de dentro de mí.
Una vez estoy en Mataró, cuelgo en Instagram una foto que Laia nos ha tomado a I y a mí, besándonos. Él dice tener miedo de ponérsela de perfil: «Hay gente que no sabe que lo soy.» Discutimos. Le acabo diciendo que no es más que una foto, que haga eso con lo que se sienta cómodo.
No he estudiado decentemente ni he escrito como debería. A las once, me acuesto.

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