(Diario de adolescencia) 16 de mayo de 2017



Si lo hubiera dicho hace unos años, muchos habrían protestado; si lo digo ahora, hay más consenso: YouTube es la nueva televisión. Lo demuestra el hecho de que a tantos nos aburra quedarnos parados, en un sofá, delante de una pantalla estática. YouTube es movible, se adapta a cada momento; sí, las pantallas a través de las que lo vemos prácticamente pasan a formar parte de nosotros, a ser una extensión nuestra; sin embargo, lo hacen con la misma superficialidad que la ropa con que nos vestimos; cada uno decide hasta qué punto sus prendas y su móvil forman parte de él.
Una compañera de la uni, Andrea M., me hizo descubrir a Ter. Quizá es una de las presencias más extrañas de YouTube. No es lo que uno esperaría encontrar en esta plataforma y, no obstante, nos cautiva. Puede que Ter esté en el inicio de un Internet más cultural. Hay profesores universitarios preocupados por los abandonos en las carreras humanísticas. Parece ser que los canales de difusión de conocimiento tradicionales no responden a la demanda de los jóvenes. Quizá el quid de la cuestión sea, justamente, mezclar eso que antes no se había mezclado, acabar de borrar la línea entre baja y alta culturas. Y todo esto para decir que Ter y Ernesto Castro me dan vida.
Como que hay huelga en la universidad, llegamos a clase con la incerteza de si habrá algún profesor que se resista a unirse a la propuesta horizontal. Dos de tres. Aprovechamos el tiempo de la clase que no se hace para ir a Buenas Migas. El otro día me dijeron que Buenas Migas era algo de postureo. No. Para que algo entre dentro del postureo, debe llevar un suplemento reglamentario. El café de Buenas Migas cuesta como en cualquier otro lugar. La gracia del postureo es que solo se lo pueden permitir personas en que se conjugue el dinero con lo vulgar. Los demás nos tenemos que limitar a usar la inteligencia para saber dónde queremos ir, qué queremos llevar puesto, etc.
En Buenas Migas, un camarero tiene un andar que nunca había visto antes. Camina como un tigre, sigilosamente, pero, al mismo tiempo, no lo hace como esos hombres que pretenden resultar devoradores. Camina como un tigre discreto, casi humilde. No intenta destacar. No anda de ese modo porque sepa que resulta fascinante. Lo que más me sorprende de los demás es que consigan ser elegantes sin ser conscientes de que lo son. Quizá pasa que disimulan que su consciencia de ello, pero es poco probable.

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