(Diario de adolescencia) 16 de junio de 2015



Ayer escribí dos entradas en el diario, pero las perdí. Desde hace unas semanas escribo desde el móvil (como que estudio escribiendo de nuevo todos mis apuntes, después de los exámenes finales sentía las muñecas demasiado rotas como para seguirlas utilizando para escribir a mano) y, así, me sumo a los inconvenientes que puede tener. Entre ellos, este.
Abrí el documento en el que tenía la información del diario de ayer, lo borré y escribí encima, de manera que, cuando lo guardase con un nombre distinto, la copia original no resultase afectada. Mi dedo se desplazó hacia el botón de, simplemente, guardar, es decir, reemplazar el documento ya existente por ese, y no hubo forma de salvarlo. Lo que había escrito encima del diario eran apuntes de una conferencia sobre la música catalana del siglo XVII hasta la Renaixença a la que había asistido, dada por Joan Vives. Me fastidió tanto que borré incluso el archivo con los apuntes de la conferencia y apagué el móvil. Procuraremos ser menos torpes, otra vez.
Intentaré reescribir lo que había dicho. Temía que esto pasara porque, cuando tengo que volver a decir lo que una vez que ya había dicho por escrito, todo me sabe a resumen. Nunca tiene el mismo ritmo, la misma cadencia, que la primera vez.

Decía, en el primer pasaje del día de ayer, que unos meses atrás había conocido a Oriol. Es un chico de Barcelona, estudiante de alguna Ingeniería y de ojos cansados (joder, no creía que fuera a recordar las tres expresiones que había utilizado para definirlo). La primera vez que quedé con él fue para ir a un festival de cine, pero se confundió de lugar y fue a parar a la Filmoteca cuando las proyecciones eran en Cinemes Girona. Me sorprendí mucho cuando, al salir de una de las sesiones del festival, me lo encontré. Bajamos juntos por el Passeig de Gràcia hasta Plaça Catalunya. Luego fuimos hasta Plaça Universitat y allí me despedí a él. Me podría haber despedido en una parada de los autobuses de vuelta a Mataró, en Ronda Universitat, pero sentía como que no acababa de tener la suficiente confianza con él como para llevarle hasta ese punto. Algo extraño, un presentimiento que no se confirmó.
Hace tres o cuatro semanas, recibí una nota de voz suya a las tantas de la noche. Se oían dos personas, pero ninguna de ellas era él. Se trataba de una broma, alguien que se burlaba de mí hablando de Dostoievski y Tolstoi. Al día siguiente, me contó que habían sido M y B, dos artistas de Mataró a los que conozco. Al parecer, se habían emborrachado los tres juntos y la pareja le había cogido el móvil. Desde entonces no habíamos vuelto a hablar. No sé qué le debieron contar M y B sobre mí.

Lo que también contaba en el diario de ayer era que había acompañado a mi padre al hospital. Junto con mi abuela y mi padre, que condujo hasta allí. Los tres acompañantes íbamos detrás suyo, mientras mi abuelo se echaba a correr por los pasillos del hospital, con las muletas.
Todo indica que lo que tiene es un pinzamiento de lo más rutinario. Es cuestión de semanas que se le pase. Tendremos que esperar y, mientras tanto, él seguirá con tantas ganas de andar como demostró ayer. Faltaría más, después de pasarse desde Semana Santa sin poder levantarse del sillón de su salón. Deben haber sido muy crudos, para él, estos meses.
Era la primera vez que iba a un hospital. No me despertó ninguna emoción. Creo que ya lo diseñaron para que fuera así. Paredes blancas, cristales y suelos limpios. Que todo sea lo más funcional, uniforme y burocrático posible; que los invitados no puedan percibir que en lugares como ese han surgido los sentimientos más brutales del hombre (la tristeza por la muerte de un ser querido, la depresión por el anuncio de una enfermedad). Tenían que sacar cualquier rastro de humanidad de ese lugar y lo consiguieron convirtiéndolo en un paraíso blanco, de cal.

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