(Diario de adolescencia) 16 de febrero de 2016



No me perdono que aún no haya empezado a conocer mi propio cuerpo. Esta tarde, al salir de la ducha, me he mirado frente al espejo del cuarto de baño. Mientras me frotaba, pensaba en la necesidad de poner un nombre a cada una de las partes que tocaba; no solamente eso: también descubrir su función y su apariencia dentro de la piel.
Durante mucho tiempo, me he preocupado por pensar y hablar sobre mi interior, eso que incorrectamente se llama «conocimiento autorreflexivo», cuando lo cierto es que, aunque el cuerpo pertenecería a ese conocimiento de mí mismo, lo he dejado de lado como si lo físico estuviera subordinado a lo mental. Todavía no sé si es así. Hasta nuevo aviso, sería interesante que cambiara el rumbo. En lugar de seguir con una introspección impalpable, podría probar de poner nombre a cada parte de mi cuerpo, aprender alguna noción sobre anatomía y sobre medicina. Saber lo suficiente sobre lo que soy materialmente antes de volver a meterme en asuntos abstractos.

A diferencia de estos últimos, mi cuerpo tiene un principio y un fin. Es posible que, aprendiendo a recorrer mi físico de cabo a rabo, encuentre el tesón suficiente para intentar conocer mi consciencia de principio a fin.

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