(Diario de adolescencia) 16 de diciembre de 2016



Me despierto dispuesto a estudiar. I lleva con fiebre desde ayer por la noche; no puedo entender cómo es posible que, por la tarde, estuviera encantador y, por la noche, indispuesto.
Voy a la radio, como hago cada dos viernes. Allí, entrevistamos a Jordi Gràcia. También entrevistamos a un indigente: la colaboradora que lo ha traído, Irene, parece algo mosqueada por el trato que le dispensa el locutor jefe. En el metro, veo a una mujer acompañada por (posiblemente) su cuidadora que se niega a bajar del vagón y le grita a esta: «¡Déjame en paz, malparida!» Es una mujer de unos ochenta años, con un sombrero de fieltro púrpura, bajita. Finalmente, consiguen sacarla.
A la una y media, tomo un café con leche con Mariona, Marta y Àlex; son chicos del Cercle d’Escriptura i Crítica. Querían hacer una comida navideña, pero llego tarde y todos ya han almorzado.
En la vuelta a Mataró, discuto con I por WhatsApp. Se siente preocupado porque me nota distante y frío desde hace dos semanas. Admito que, en parte, tiene razón: temo entregarme más enteramente a él porque, entonces, podría hacerme demasiado daño. No es una reflexión inteligente y lo sé. El amor debería gestionarse, en cierta medida, desde la razón (con tal de que fuéramos prácticos, realistas y, al mismo tiempo, sensibles) y desde la espiritualidad (para confiar en que será eterno aunque esta creencia sea una ilusión y lo cierto sea que el mundo da demasiadas vueltas como para que I no encuentre a alguien que sepa amarlo mejor que yo).
En Mataró, me pongo a estudiar. Tengo cuatro exámenes la semana que viene y dudo de que me vayan bien; llevo muchas semanas disperso, fragmentado… necesitaría pasar unos cuantos días dentro de casa, estando solo.
En la realidad que me rodea, veo tres casos en que los extremos se tocan o, simplemente, tocan. El primero de los casos es el del amor, puesto que, amando a I, me doy cuenta de que somos dos extremos de introversión y extroversión que se acarician como si sus diferencias fueran precisamente lo que les hubiera unido, como si el vacío de uno quedase rellenado con el exceso del otro; el segundo caso es el de la política, ya que todos los partidos que se sitúan en los extremos parecen coincidir en una triste característica: tienen prejuicios de los que se arrepienten; en tercer lugar, está mi propio yo, porque, como dijo André Gide, «los extremos me tocan», y eso es algo que interioricé desde tan temprano que ya no puedo hacer más que reírme cuando mi madre me recomiendo que busque la medianía, la dorada mediocridad, aquello que quepa perfectamente en el marco de su entendimiento.
No consigo estudiar con concentración por más que lo intento. Cada pocos segundos, se me aparece en la cabeza alguna imagen de lo que he vivido estos últimos días y empiezo a pensar en las personas con las que he estado, sin poder parar, sin poderme poner disciplina. El bachillerato fue un hermoso tiempo de estudio, inmovilismo y verdadero aislamiento; tengo miedo de que ese mundo interior en el que me he refugiado casi todo mi tiempo desaparezca. Creo que todos nos podemos convertir en personas vacías si nos olvidamos de cómo somos realmente.
He escrito cómo somos realmente… ¿Podemos saber cómo somos realmente? La cuestión del inconsciente me inquieta, aunque me niego a leer sobre psicoanálisis. Ya desconfío lo suficiente del mundo de las opiniones y las cosas sensibles como para que, ahora, también tenga que desconfiar de lo que hay dentro de mí. No, no; prefiero mi ignorancia. Prefiero creer que me conozco a mí mismo hasta cierto punto y que este diario contribuirá a que ese conocimiento aumente, a que mis ideas sean designadas con palabras y cobren una mayor realidad. Me gusta pensar que las ideas sobre las que escribo ya están dentro de mi cabeza; como un Miguel Ángel que descubre en el mármol las formas que ya había virtualmente en él, me dedico a apalabrar lo que antes ya había aparecido en mi cabeza ―a raíz de alguna experiencia― pero no había sido lo suficientemente pensado, rectificado y perfilado.
Pensar, rectificar, perfilar. Quizá no haya verbos que describan mejor lo que se hace en el momento antes de mirar hacia el papel y trazar la primera línea. Pensar, rectificar, perfilar. Cuando todo eso se produce en la cabeza, el texto ya está siendo creado; se encuentra en su primera fase. Es por eso que no puedo entender la vida desconectada de la escritura; en realidad, el acto de pensar implica empezar a escribir y todos ya sabemos que, porque pensamos, sabemos que existimos.
En fin. Ya son las diez y cinco. Había abierto este cuaderno cuando aún eran menos diez; quería que el tiempo pasase rápido y que me llegase, de una vez por todas, el momento de irme a la cama. La escritura me ocupa de un modo bárbaro, sobrehumano; debe ser por eso que, ahora, me cuesta encontrar el tiempo que emplear en ella. Siempre acabo prefiriendo leer algo a escribir algo, convencido de que, así, saco mayor provecho a mis horas.

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