(Diario de adolescencia) 15 de mayo de 2017



La primavera va pasando y, de ella, solo quedan las alergias. Lo normal es recordar, de cada cosa, eso que tuvo de más agradable y de más molesto; los detalles, con el tiempo, se olvidan; la gracia de la literatura está en preservar eso que, en realidad, suele perderse. Podríamos decir que ya ha llegado el verano, que todos ya pensamos en el azul del mar y que tenemos más ganas de bromear que durante el invierno. Relaciono el verano con la sensualidad. El invierno y el otoño, por otra parte, son las estaciones de la belleza distante, petrarquista.
En la universidad, en compañía de Rebeca M. y Anna P., me encuentro con el profesor Albert S. para hablar sobre cómo está yendo el semestre. ¿Qué decir? La única imperfección que tiene el tiempo de la universidad es que tantas personas opinen que no existe mejor momento que la juventud. Si estos días son buenos, podemos estar satisfechos. Si son los mejores de nuestras vidas, vamos a llevarnos una sólida decepción. En realidad, la vida no entiende de jerarquías ―al menos me lo parece. El tiempo fluye en distintas direcciones y nosotros reconocemos que algunos aspectos de nuestro día a día son más resplandecientes que otros, pero no estamos seguros de que los términos no vayan a invertirse pronto.
Después, otra vez con Rebeca y Anna, voy al Sureña. Pedimos una caña y un tinto de verano. El fin de semana pasado, me dijeron que, cuando se llega a segundo de carrera, se está tan harto de ir al Sureña que no se vuelve por allí. Quizá pase eso. Quizá no sea necesario, puesto que una adultez tan reciente y la inocencia de la infancia aún nos permiten sentirnos cómodos en casi cualquier lugar.
Me compro unas creepers. ¿Ya deben haber pasado de moda? Seguramente. Mejor aún: esos que siguen las modas a rajatabla parecen ser todos la misma persona, aunque admito que la ropa es demasiado limitada como para determinar lo que un ser humano tiene de interesante. La moda es estimulante en la medida en que es el resultado de la creatividad humana; en realidad, no vuelve más válido a nadie; la moda existe de por sí y nosotros, al vestirnos con productos que vienen de ella, ni nos estamos revaluando ni la estamos revaluando a ella. Lo que es indudable es que, al vestir unas prendas concretas, transformamos nuestro cuerpo. ¿Pero nosotros somos nuestro cuerpo? Nosotros solo somos nuestro cuerpo. Así, entre afirmaciones ateas, la vida va pasando.

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