(Diario de adolescencia) 15 de diciembre de 2016



Las clases de ayer por la tarde se me hicieron eternas, por eso no escribí nada sobre ellas. Salí de ruso a las ocho y media y, a tres cuartos, me encontré con I delante de Els Quatre Gats. Un amigo suyo, C, vive allí, en el piso de encima del restaurante. Caminamos hasta casa de I, cerca de Arc de Triomf, y luego me fui a tomar el autobús; pasamos, a lo sumo, veinte minutos juntos.
No me acosté hasta las once y media y, hoy, me he despertado a las seis. Desisto de la idea de levantarme cada día a las cinco; es imposible irse a dormir a las nueve o diez, de manera que haya dormido un total de ocho horas.
Me he dicho que volveré a ponerme de pleno con la escritura de La fuerza de lo que no será cuando hayan pasado los exámenes. Ahora me sobra el tiempo porque no escribo nunca.
Nunca he comprado un paquete de cigarrillos: me invitan. Con el comienzo de la universidad, he perdido gran parte de mi soledad física. El día que tenga que comprarme un paquete porque tengo ganas de fumar y no hay nadie que me invite, habré recobrado esa soledad que me ha acompañado naturalmente desde que nací.
Clase de Literatura. Sobre Rilke. Antes, tomo un café con leche y un pitillo con Núria, quien hizo su treball de recerca sobre el poeta. Me cuenta que los tres hombres que más admira eran rubios y de ojos azules: Rilke, Van Gogh y Mozart. Me compara con Kavafis. El enfoque de la clase es fantástico; el profesor anima a la creación.
Luego, clase de Gramática Normativa del Español. Cada vez me queda más claro que el profesor hace lo posible para pasar de los comentarios que aporto. En fin. Tiempo muerto.
Almuerzo con Aleix, en un Viena. Nos encontramos a Ruth, mi profesora de Literatura Catalana del bachillerato; abrazos efusivos.
Después, quedamos los dos con I y vamos a tomar un café. Sin querer, empiezo a sentir algo de odio hacia I por el modo en que conecta con Aleix desde el primer momento. Constatación de hechos: me molesta que se esté adentrando tanto en mi círculo de amigos. Tengo que admitirlo. Más tarde, llega Francesc. I dice que somos «cuatro maricas malas» sentadas en un café; es el Café d’Annunzio. I comenta, de pasada, que la noche de ayer ya había estado hablando con Francesc por WhatsApp; mi incomodidad crece.
I se va. Francesc y Aleix me comentan que les parece «dicharachero, mientras que tú eres mucho más reservado», «más listo que tú», etc. Hoy, el tiempo se me ha hecho muy lento en su compañía.
Me marcho a la última sesión del curso de filosofía impartido por Francisco Bengoechea. No logro concentrarme. Hora y media desperdiciada.

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