(Diario de adolescencia) 14 de mayo de 2017



Durante casi todo el día, una conversación que tuve ayer con una chica llamada Nabila se me hace presente. Hablábamos sobre la universidad. Se refirió al típico profesor que usa una palabra y la escribe mal porque, en realidad, no la domina ni en su significante ni en lo que significa.
―Es lo que se llamaría un pedante.
―Para mí, un pedante es alguien que usa una palabra sin saber usarla. Las personas que usan palabras llamativas porque saben en qué contextos se pueden usar estarían en otro saco. ―dije.
―Un pedante es alguien que no sabe cómo hablar en cada situación. No hablo de la misma manera con mi jefe que con mis amigos. Quien no entiende que no es posible hacer eso, es un pedante.
En bachillerato, en clase de lengua, se trata la adecuación. Lo que muchos maestros no suelen explicar es que, si no se es adecuado al comunicarse, la consecuencia es que uno va a ser tachado de pedante. La adecuación parece maravillosa, la solución de todas nuestras vidas. Viéndola de otra manera, viéndola como la presión del grupo sobre el individuo, como la reducción del individuo a la neutralidad de la masa, la cosa cambia sustancialmente. Hemos escogido la literatura para no ser adecuados, porque la literatura es un campo sin nada edificado encima.
¿Sobre qué escribir si no he hecho nada, si no me he movido? ¿Para qué ser constante con un diario que ni sé si durará? De hecho, las posibilidades de que dure son pocas. La vida da demasiadas vueltas como para que, de un día para otro, no decida abandonar este proyecto, desanimado. Lo que me retiene, lo que me impide dejar de escribir en este diario, una vez más, son los remordimientos que sentiría si lo hiciera sin haber perdido la pasión que deposito en él. No sé dónde me llevarán estas páginas sin estructura ni fin a la vista, pero tengo que demostrarme cierta perseverancia. Es necesario algo que dé continuidad a la vida; precisamente es la escritura lo que se mantiene estable pese a los cambios del resto de mis circunstancias.

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