(Diario de adolescencia) 14 de junio de 2015



La inauguración de Dòria Llibres fue bastante sonada. Un alto tanto por ciento del ambiente cultural de la ciudad estuvo allí. En cuestión era a las siete, pero Alicia, quien me acompañaba, se retrasó y acabamos llegando a y media. Para entonces, el lugar ya estaba tan lleno de lectores y actores de lectores que era imposible dar dos pasos al frente sin tropezar con alguien. Por suerte, el nuevo espacio de la librería es el doble de amplio que el anterior; tiene segundo piso, patio interior... Hacer un recorrido por él es tan precipitado (uno se topa con mesitas, estantes, escaleras...) que me sentía como si estuviera en un parque de atracciones. Un parque de atracciones con un decorado distinto y un público menos activo.
Los propietarios de Dòria, Núria y Rafael, han cambiado la sociedad de la librería y ahora son unos cincuenta socios. Pienso en ellos como en una especie de hermandad que busca la salvación de la literatura en Mataró. O de una literatura personal, comprometida e independiente, como sus editores y libreros, por lo menos.
Un proyecto de tal tamaño solo podía aparecer si se movía desde la esfera privada. Lo sorprendente del caso es que no sean empresas las que colaboran para hacerlo posible, sino que son personas movidas por su pasión, y no por el tintineo del monedero.
Se tendrá que ver cómo evoluciona. Estoy impaciente porque pase un año, dos, y este grupo de personas vaya ingeniándoselas para ir avanzando y haciendo más ancho su campo de visión. Cuánto me gustaría echar una mano, pero, ahora soy menor y me temo que, por muchos años, tendré que cuidarme de a quien presto dinero. No tengo grandes ambiciones, así que me será fácil llevar una vida pobre, pero, del mismo modo, me será imposible implicarme en proyectos como este. Solo me quedan por invertir mis pocos valores.

Por la noche fui a la fiesta de cumpleaños de Maria. El restaurante en el que comimos los diez amigos que fuimos era El Quiosc de Can Carreras, que, como suele pasar, no me pareció tan bueno como me habían comentado que era. Pedí una ensalada que me dejó tan empachado que sentía el vientre como si lo tuviera cubierto de bronce. Habría encargado una hamburguesa, que es la especialidad del restaurante, pero ese mismo mediodía había comido una butifarra que me había dejado sin ganas de comer carne por un tiempo. No entiendo la insistencia por cocinar platos excesivos. Como si el objetivo al comer fuese desbordar el apetito, y no solo saciarse. Y tanto que en un mundo justo todos los habitantes podrían comer, si de la butifarra de ayer se habrían sacado raciones para diez o veinte personas.

He ido a ver La mancha, escrita por Albert Lladó, en el Teatre Nacional de Catalunya. Sobre el inquilino de un piso que descubría una mancha en una de las paredes; no obstante, tengo que decir que quizás eso sea lo que menos cuenta. La trama, de la que se podría haber prescindido (pues solo era el esqueleto que sostenía toda una musculatura reflexiva) se volvía más abstracta con el paso de los minutos. El escenario mutó del interior de un piso normal a un fondo de claveles fantasiosos.
Me quedo con algunas lecciones, aunque la obra, lo que menos tuviera, fuera didáctica. Uno es incapaz de alzarse contra el sistema. Puede enfrontarse a los recursos de extorsión que tiene, pero, entonces, estará acabando con unos recursos que consisten en sus iguales, en sus prójimos, y, en definitiva, en él mismo. Somos parte de las herramientas del poder para acallarnos. De vuelta a Mataró he seguido dándole vueltas. Había ido con mi padre, así que he compartido con él algunas de estas opiniones.

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