(Diario de adolescencia) 14 de diciembre de 2016



Ayer no conseguí dormirme hasta las doce. Me despierto a las seis; había cambiado el despertador de hora.
Pienso en las obras de Guim Tió que vi ayer en la exposición. Es verdaderamente difícil crear algo bello a través de la literatura; depende tanto del trabajo de descodificación del texto que haga el lector como del trabajo del autor. O, quizá, lo que me hizo ver la belleza en las obras de Tió fue la presencia de un estilo firme. ¿En qué medida la belleza depende del estilo, en la literatura?
Clase de griego de diez a doce. Apasionante, interesantísima. Ahora que ya ha acabado de explicar el temario, Carles Garriga se da la libertad de hablar sobre filosofía ―clásica y no clásica. A veces, el vínculo entre el mundo de la Antigua Grecia y lo que cuenta es finísimo. Los que querríamos haber empezado la carrera de Filosofía salimos muy satisfechos de la clase; el resto, los verdaderos filólogos, no tanto.
Me doy cuenta de que lo que creé con P entre mayo y julio murió por inanición. Lo que estoy creando con I podría morir por exceso de velocidad, pero lo poco que nos vemos últimamente está modificando el ritmo al que avanzamos.
En toda discusión, el primer argumento al que recurre mi madre es el tu quoque. Poca inventiva.

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