(Diario de adolescencia) 13 de noviembre de 2016



Ayer, pasé el día entero con I. Dijo que le dolería mucho que, en un futuro, cortáramos y le mandé callar. Hoy me he arrepentido y le he enviado un mensaje diciéndole que nos podríamos caracterizar por no evitar las conversaciones sobre un futuro en el que no estemos juntos. Insistimos en que lo que ha nacido entre nosotros parece eterno —sí, al menos da esa sensación. Pero, al mismo tiempo, sabemos que cualquier día podría terminar. Si, finalmente, permanecemos juntos para siempre, podremos sentirnos orgullosos; si algún día nos separamos, él dice que no olvidará lo que hemos creado.
Hace solamente unas semanas que nos conocemos, pero me siento más próximo a él que a la mayoría de personas que he conocido en los últimos años. Incluso me siento más próximo a él que lo próximo que me sentí a P cuando me enamoré de cómo me trataba. Con P, mantenía una distancia que enfriaba nuestras conversaciones; con I, ayer subí a la terraza de su bloque de pisos y descubrí un contacto tan irracional y atrevido que jamás lo habría creído posible en las alturas de un edificio barcelonés, a mediados de un sereno y frío noviembre.

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