(Diario de adolescencia) 13 de mayo de 2017



¿Y dónde está el orden de la vida? ¿Dónde se escondió? Terminé bachillerato y, justo al salir del colegio por última vez, la vida se volvió una cosa invertebrada, caótica. No es el tipo de caos que se produce cuando muchos elementos se condensan, sino el tipo de caos de cuando los pocos elementos que hay en un sitio no tienen ninguna estructura en que sostenerse. Todos los valores que nos habían ofrecido no tienen por qué ser aceptados. Podíamos imaginarnos que la vida era otra cosa que lo hacíamos cuando íbamos a clase, pero debemos admitir que eso también era vida. Todo es vida; lo dañino es creerse que, habiendo algo que lo es (estudiar, trabajar), hay muchas otras acciones que quedan fuera de ella. Necesito empezar a escribir una novela para encontrar un poco de coherencia a mi día a día. Es normal que, a lo largo de la Historia, haya habido tantos bohemios: lo más natural en el hombre es dejarse llevar por las circunstancias que le rodean. Tengo un miedo terrible a perder las riendas. Si mi ego no fuera tan fuerte, viviría mejor. El problema de Occidente: el ego. ¿Cómo se lo deben montar en Oriente? Oriente: el paraíso sin ego. Quizá eso no es fiel a la realidad, pero nos gusta creer en una Arcadia, en un sitio mejor en que nosotros no nos hallamos. En este plan, me voy a la academia de inglés.
Antes, tomo un café con leche en Buenas Migas. La estabilidad es un privilegio; ya he convertido este lugar en una especie de segunda casa.
Por la noche, tomo un ferrocarril hasta Provença. Llevo dos pizzas entre las manos y me muevo como alguien se movería por una estación que desconoce. Dejo pasar a una chica que me sonríe y no creo necesitar más. Salgo por una boca de metro y llego hasta Carrer Còrsega. Sigo recto hasta llegar a casa de Miguel M., donde cenaré con un grupo de amigos. Eurovisión siempre ha sido una excusa. Que cada año sea lo mismo y siga repitiéndose su aspecto de teatrillo de luces impresionantes y unas cuantas voces buenas lo confirma. Desde la terraza de este ático, la ciudad es sorprendente, profundísima. A través de las ventanas de los edificios de delante, se ven personas haciendo cosas. La mayoría mira la televisión. ¿Tan reducido es el abanico de actividades entre las que podemos elegir? No lo sé.
A las dos de la madrugada, estoy en la marquesina de Plaça Tetuan. El autobús hacia Mataró debería salir a y cuarto. En medio de la plaza, entre palmeras, se oye un grupo de jóvenes gritando. La juventud borracha asusta menos cuando se forma parte de ella.

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