(Diario de adolescencia) 13 de junio de 2017



He terminado los exámenes de la universidad pero no me siento libre porque eso es algo que ya he sido incluso cuando no me daba cuenta de que lo era. Que la vida no venga previamente organizada nos carga con una gran responsabilidad. En ocasiones, dudo tanto de qué debería hacer a continuación que me detengo en medio de mi habitación y espero como la gallina que va a poner un huevo o el perro que caga. No, no son imágenes hermosas. Pienso en mí mismo, en mi físico. ¿Qué hay de agradable en todo lo que soy? He intentado desinhibirme y he hecho el ridículo. He procurado contenerme y he acabado por anularme a mí mismo, encerrarme en mis pensamientos. Me falta la sutilidad y la inteligencia de los chicos que me gustan: esas cualidades que dotan a una persona del encanto que la conducirá a enamorar sin ser consciente de que lo hace.
Me enamoro de todo el mundo. Idealizo a todo aquel que me rodea. La perfección está fuera, mientras que lo que veo que soy yo mismo es un flujo de ideas disparatadas e inconexas que van apareciendo en mi cabeza y resuenan con poca precisión. Me dirían que es un problema de ego: admito que lo es. A veces, miro hacia un edificio bonito y trato de olvidarme de que estoy mirando un edificio bonito.
Antes de irme a la cama a las once, leo a Siri Hustvedt. Sonrío porque estoy en mi cuarto, con la puerta cerrada, y este sitio siempre ha sido el reino de mi privacidad. De pequeño, ya me tranquilizaba estar solo entre cuatro paredes. Nada hace prever que esta situación vaya a cambiar.

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