(Diario de adolescencia) 12 de octubre de 2015





Hace más de un mes que acabé Los paseos por la frontera y, de alguna forma, ya me avergüenzo de la novela. O no directamente de ella: me avergüenzo de los principios desde los que la escribí, como si ahora fuese un escritor nuevo y mi mentalidad no tuviera nada que ver con la de entonces. Lo mismo me ocurre con los relatos largos que escribí antes y después de la novela. Parece que mi tiempo consista siempre en rechazar lo que hice antes para apreciar más lo del momento.
Pronto me pondré a escribir Los dieciocho son un mito. Antes, querría haberme desembarazado de esta preocupación porque todo lo que escriba esté justificado. Hay decisiones (como la de qué narrador voy a usar) que me cuesta tomar guiándome por la intuición. Querría hacerlo, pero tengo miedo de ser entendido como un escritor que se deja llevar por los mecanismos de la ficción, alguien que no haga nada de manera racional... ¿Qué es lo que me asusta, en realidad? ¿Que las expectativas que los lectores pongan en lo que escribo sean demasiado altas?
Me he dicho que, para esta próxima novela, no pensaré en unos lectores, sino que me centraré en un solo destinatario. Así, evitaré buscar la complacencia. Me diré que el único que la leerá será mi padre y, así, solo serán sus comentarios y sus gustos los que me afecten.

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