(Diario de adolescencia) 12 de mayo de 2017



Por la mañana, voy a la última sesión del Cercle d'Escriptura i Crítica. Esta iniciativa, que surgió de unos alumnos de Estudios Literarios, consiste en formar grupos con gente que muestre textos de cosecha propia y lea y opine sobre los de otros miembros. Se trata de desnudarse (Cuando dejamos que alguien lea un escrito que hemos hecho, estamos entrando en cierta intimidad con él.) y lanzar dardos o analgésicos a los demás.
Nos reunimos en la universidad, en el Pati de Carner, y, a la sombra, rodeados de mosquitos aún poco agresivos, hablamos sobre lo que ha escrito Marta D. Ver que la literatura se puede entender sin ceñirse a una sola clave de lectura, a un solo método de lectura, es alentador. Se ha intentado alcanzar el saber a través de una única técnica, a través de un único método, cuando la realidad se nos escapa a todos de las manos.
Hay un banco ancho y largo de madera. A continuación, una pequeña elevación de hierba. Prefiero sentarme en el banco que sobre la hierba porque llevo unos pantalones que me da sencilla pereza lavar. El resto de gente del grupo se acomoda en la arena y discute, se emociona, nombra a Barthes (como siempre), conceptos como el de capitalismo emocional, no sé, muchas cosas. Curiosamente, aunque estoy en un banco, la parte del terreno sobre la que descansan es más elevada que el sitio en que me encuentro. La mayoría de ellos son estudiantes de tercer año de Estudios Literarios. ¿Qué se habrá hecho de mí dentro de dos años? No tengo ni idea. Son lúcidos, espontáneos y tienen alguna que otra convicción. No sé si todas esas son cualidades que ya se deberían haber manifestado en mí. La cosa está en que siempre he sido el pequeño del grupo, en cualquier lugar al que haya ido. He ido creciendo y he seguido siendo el pequeño. Eso no supone un grave problema, porque ser la voz de la experiencia tampoco debe ser tan satisfactorio como, a veces, imagino que es.

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