(Diario de adolescencia) 12 de julio de 2017



Quisiera escribir sobre el día de hoy, pero, en estas condiciones, es imposible. Son las ocho de la tarde y estoy esperando a Oriol en la entrada de mi universidad. Iremos a 23 Robadors. Me tienta pensar que, en un momento de espera, no puede escribirse nada bueno. No se trata de pasar el tiempo: se trata de una actividad algo más profunda... Un poco más tarde, vuelvo a pensar en esto y quiero corregirme. Oriol llega muy tarde.
En Robadors, no hay casi nadie. Una banda de jazz toca y una de las pocas personas del público se mueve al ritmo de la música. Oriol y yo hablamos demasiado alto. La persona en cuestión se gira y nos pide silencio: hago como que no la veo mientras Oriol se disculpa. Salimos a fumar y una mujer se nos acerca. Me dice: «¿Vamos?» Tiene rasgos de hipopótamo, dientes separados, una mirada coqueta y postiza y un moreno exótico. Otro hombre se nos acerca más tarde y me exige que le dé mi cigarrillo; Oriol me defiende. Volvemos dentro del local, pero solo escuchamos una banda más. Al salir, paseamos por el Raval y acabamos nuestro paseo en la boca de metro de Plaça Universitat con Ronda Universitat. Me dice que hay algo que no se atreve a decirme. Me mira. Le pregunto qué es. Me mira. Me lo dice. No sé negarme y susurro: «Bueno...» Regreso a Mataró en el último tren.

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