(Diario de adolescencia) 12 de julio de 2015



Como los últimos domingos, he subido a la finca de Dosrius con mi padre y mis abuelos. Ellos dos estaban acostumbrados a subir cada viernes y pasarse todo el fin de semana en la casa de la finca. Sin embargo, con el estado en el que el abuelo tiene la pierna, no es capaz de coger el coche. Mi padre tiene que hacer de chófer cada mañana de domingo y yo también les acompaño para ayudarlos con el riego de las plantas. Subimos a las ocho y media y bajamos a la hora que es en este momento: las once.
En Los paseos por la frontera podré retratar la decadencia de este bosque. Ahora que mi abuelo ya no puede pasarse dos días a la semana allí, cuidando del huerto y cortando malezas, los arbustos y árboles han invadido los caminos por los que antes pasaba. Además, un jabalí se dedica a destrozar las macetas de plantas y flores de mi abuela. Esculturas, bancos de piedra, baldosas... Este (o estos) jabalí (o jabalíes) arrasan con todo; simbolizan la desaparición de un lugar en el que vivido muchos de los momentos más emocionantes de mi infancia.
Claro que el bosque seguirá existiendo. Sería necesario un incendio para acabar con él. Pero no será nunca más como yo lo conocí.

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