(Diario de adolescencia) 12 de enero de 2017



Recuerdo el sueño de hoy con especial claridad. Habíamos salido de fiesta Ruth, I, Francesc, Darío, etc. Ruth era tuerta y comía bocadillos a través de la cuenca vacía de su ojo; también tenía una enorme costra en su piel que se levantaba suavemente y le dolía. Estábamos en el interior de una parada de metro. Había un bar. Un par de chicos preguntaban si nos queríamos partir un cubata con ellos. Arnau también estaba por allí. De repente, aparecía un escuadrón de policía y se hacía el silencio.
No sirvió de nada que ayer me viera con I. El amigo con el que me fue infiel se llama S. Nada le impedirá volver a estar con él cuando esté de vacaciones de verano en el pueblo en el que este vive. Al parecer, es un amigo de la infancia. ¿Por qué todas las infidelidades se parecen tanto?
Estando delante de I, me sentí incapaz de dejarle. Tal vez fuera su carácter, sus bromas constantes, el fumar repetitivo… Solo le pude decir que seguiríamos juntos. Incluso se atrevió a ponerme una condición: «No me vuelvas a sacar el tema de S.» Fue horrible que dijera aquello. ¿Acaso no era consciente de la posición en que se encontraba?
Pienso en volver a proponerle una relación abierta. Sería la única forma de acoger sin negatividad tanto sus deslices como los que yo querría tener con algunos amigos. El único motivo por el que su infidelidad me ha cabreado es porque estaba fuera del marco de nuestra relación, porque se había deshecho de nuestra compenetración para consumarla, porque al hablar de su comportamiento como de un «impulso» incluso parecía que quisiera justificarse y que lo hiciera con razón.

Me doy cuenta de que, entre las personas, suele sobrar voluntad de cambiar a los demás (corregir, se diría desde el punto de vista de quien quiere cambiarlos) y faltar voluntad de comprender al otro y dejarse influir por él.

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